El sufrimiento de los rígidos

Buenas tardes,

Recientemente, me escapé tres días a Islandia para celebrar nuestro aniversario de pareja. Viajero recurrente, era mi cuarta vez en este país con la capital más al norte del mundo. Y justamente ha sido en Reykjavík donde nos alojamos en un insólito hotel que me ha inspirado este artículo.

Esta mañana, al abrir mi correo me ha salido el aviso de Booking para que valorara ese establecimiento y, junto con una buena puntuación, he puesto como comentario: PSICÓLOGICAMENTE INTERESANTE.

Luego veremos por qué le he puesto esta etiqueta, pero antes quiero hablar sobre las personas rígidas, ya que he tenido algunas experiencias curiosas con ellas a lo largo de los años.

Una de ellas fue el viaje con un buen amigo a un país donde yo había vivido. Por esta razón, además de mostrarle mis lugares favoritos, pasábamos a visitar a viejos conocidos que nos invitaban a comer o a tomar café.

En cada una de aquellas visitas —y fueron unas cuantas— sucedía lo mismo. Nos sentábamos a charlar y, al cabo de pocos minutos, mi amigo pedía una cama para echarse a dormir, aunque fueran las once de la mañana.

El motivo era que, al menos por aquella época, él tenía muy baja tolerancia a conversaciones de temas que no le interesaran. A la que la charla derivaba hacia cuestiones mundanas —por ejemplo: alguien contaba que iba a comprar una casa—, experimentaba tal tensión que no podía resistir sentado a la mesa.

Quienes viven encerrados dentro de un rígido horizonte mental, luchando para que el mundo se adapte a ellos, siempre me han inspirado compasión, ya que viven en un constante sufrimiento.

Y eso nos lleva de vuelta al hotel de Reykjavík donde hemos pasado dos noches. Regentado por dos hombres maduros, uno de ellos parecía llevar la batuta en la particular gerencia del hotel.

Ya antes de partir, recibí dos correos donde se me avisaba de que el check in era a las 16:00 y que, en caso de llegar antes, bajo ningún concepto guardarían nuestro equipaje. Si queríamos pasear por la ciudad antes de poder entrar en la habitación, tendríamos que ir a las consignas de la estación de autobuses.

Como no he conocido ningún hotel donde no guarden equipajes, supuse que debía de tratarse de habitaciones tipo aparthotel sin siquiera una recepción.

Al llegar allí a primera hora de la tarde, sin embargo, nos encontramos con un hotel que ocupaba todo un edificio, con una amplia recepción en la que cabrían veinte maletas.

No le di más importancia al asunto y, tras echarnos una siesta, fuimos a dar vueltas por la ciudad hasta la noche. Al regresar, habían hecho de nuevo la cama, plegando artísticamente las sábanas y dejando un bombón sobre cada almohada.

Por la mañana, bajamos a desayunar y, en lugar del típico bufet, el dueño nos puso sobre la mesa dos bandejas individuales con un desayuno predeterminado, igual para todos los clientes: yogur con granola, dos panes, queso, jamón dulce y mermelada.

Cuando me trae el té, muevo la bandejita a un lado de la mesa para que pueda colocar la taza y me corrige:

—No, la bandeja va allí, donde estaba.

Siguiendo la inercia de la era digital, aprovechamos que en Islandia hay dos horas menos, para leer los mensajes de whatsapp que nos habían escrito por la mañana. Al ver que sacamos los móviles, el dueño nos dice:

—Guarden el teléfono, es más romántico desayunar sin él.

Yo pienso que es una broma y le rio la gracia mientras sigo contestando a un amigo. Cuando repite la misma advertencia, me doy cuenta de que va en serio. Guardo el teléfono y descubro que en ninguna otra mesa se atreven a usarlo. Tal vez llegaron antes y ya están instruidos.

Mientras terminamos el desayuno con dieta digital obligada, llega una familia cargada de maletas, que quieren visitar la ciudad antes de que les den la habitación por la tarde. El dueño y recepcionista les dice que de ninguna manera se guardan maletas allí. ¿Por qué no?, entiendo que le pregunta el hombre, sin entender, Aquí hay mucho espacio…

Ya no sigo la conversación, pero se lía una discusión hasta que los pobres turistas, dándose por vencidos, vuelven a bajar las escaleras cargando con los maletones, rumbo a una incierta consigna en no se qué estación de autobuses.

De vuelta a nuestra habitación, nos preparamos para la excursión del día, que será en Landmannalaugar, un lugar remoto de las highlands islandesas con aguas termales donde bañarse en medio de las montañas. Hemos traído bañadores, pero no toallas, algo necesario al salir del agua con una temperatura exterior bajo los 10 grados.

Mi compañera propone lo que yo habría hecho en cualquier otro lugar: tomar un par de toallas del baño y devolverlas a su sitio por la tarde. Sin embargo, soy consciente de que mientras estemos fuera vendrán a arreglar la habitación, como la tarde anterior.

Si descubre que las toallas se han ido de excursión con nosotros —le digo—, este hombre se va a volver loco.

Ella coincide con mi apreciación, así que decidimos bajar a recepción a pedirle que nos deje llevar las toallas —por otra parte, bien sencillas— para no congelarnos al salir de la charca al aire libre. Si es necesario, le podemos pagar un depósito o incluso un alquiler.

Al escuchar mi petición, el recepcionista empalidece y me mira como si yo estuviera chiflado.

—Eso que usted pide es imposible, lo siento… —me dice asustado—. Completamente imposible.

Acabamos conduciendo hasta un centro comercial en la salida de la ciudad para comprar dos malditas toallas.

A nuestro regreso, la cama vuelve a estar impecablemente presentada, con bombones sobre las almohadas y el mensaje de despedida que deben de recibir los clientes en su última noche, como nosotros:

«Cada paso que damos al salir de casa es el camino que nos lleva de regreso» (SABIDURÍA DE LOS ELFOS) Desde nuestro hotel le deseamos dulces sueños y un maravilloso mañana.

¡Feliz semana!

Francesc

Comments

  • Silvia Chuecos

    23 septiembre, 2019 - 10:36 pm

    Esta PERSONA, pobre, que Tristeza de vida, siempre haciendo los mismos MOVIMIENTOS. así no tiene q Pensar, ya lo tiene todo hecho.

    • Francesc Miralles

      30 septiembre, 2019 - 8:48 pm

      Seguramente no es capaz de vivir de otro modo… Está atrapada en su cárcel mental. Bss!

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