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El fin del mundo

Buenas noches,

Dos días más tarde de lo previsto, aquí estoy para contar el viaje prometido. La inmensa mayoría de la humanidad no ha oído hablar nunca de este lugar: Longyearbyen.

Podéis mirar dónde está en el mapa: con sus 2300 habitantes de 50 nacionalidades distintas, se trata de la ciudad más nórdica del mundo, ya que se encuentra a escasos 1300 km del Polo Norte.

Nada más aterrizar en el pequeño aeropuerto, te das cuentas de que el oso polar es omnipresente en este alejado rincón del mapa. Y no solo porque superan en número a los humanos (se calcula que hay 3000 en estas islas), sino porque hay la costumbre de exhibir ejemplares disecados en cualquier parte.

Los osos deben olerlo y raramente se arriesgan a entrar en la ciudad. Sí merodean por lugares cercanos como el aeropuerto y el camping que hay justo al lado.

Cuesta imaginar qué viajero desearía plantar su tienda en el permafrost, habiendo otros alojamientos, en un territorio árido donde en verano hay 5º y en invierno puede llegar a -30º. Pero el mundo humano es diverso, y en plena pandemia llegó un único cliente al camping de Longyearbyen.

Mientras estábamos encerrados en casa, en el 2020 este viajero decidió plantar su solitaria tienda en medio de aquella nada rodeada de vallas —teóricamente— eléctricas. Sin embargo, a alguien se le debió de olvidar de enchufar este sistema de seguridad, ya que no tardó en llegar un oso polar que mató y devoró al intrépido turista.

Historias como esta hacen que, por orden del gobernador, sea obligatorio llevar una escopeta o rifle cargado si te alejas del centro de la ciudad. Otra norma curiosa es que los gatos están prohibidos en toda la región, para proteger a otras especies. Por este motivo no hay Cat Café, pero sí un Huskie Café donde acariciar a estos perros que tiran de trineos y carros por cualquier carretera que pases.

En fin, podría escribir páginas y páginas sobre este extraño lugar donde, asombrosamente, el primer grupo de inmigrantes son los tailandeses. Debe de ser duro abandonar un país con clima tropical permanente para vivir en el Ártico, con medio año de oscuridad total, y un sol de medianoche que nunca se pone en julio y agosto, pero que apenas calienta.

Como esto no es un reportaje para National Geographic, hablaré más bien de cómo me sentí en la semana que he pasado en este insólito enclave humano.

Por un lado, hay la vitalidad de los jóvenes que han venido aquí a trabajar. Tienen entre 22 y 44 años. No es este un país para viejos, y de hecho no hay en los edificios y calles una sola adaptación para silla de ruedas o cualquier otra limitación física. Ni siquiera es posible morirse y ser enterrado en Longyearbyen, porque el permafrost no permite que se descomponga el cuerpo.

Es divertido hablar con los aventureros que se han instalado aquí, porque vienen de todas partes del planeta y tienen curiosas historias y motivaciones que les han llevado hasta aquí. Eso da vida.

Pero al mismo tiempo, no puedo evitar asociar el Ártico a la cultura de la muerte. Y no solo por la proliferación de animales disecados. El museo de Svalbard recoge básicamente la historia de tramperos y cazadores, con gran documentación sobre cómo cazaban y troceaban las ballenas, las focas y otros animales.

Si vas al bar más popular del pueblo, el Kroa, encima de la mejor mesa hay el enorme cuadro de un oso abatido y cubierto de sangre. Me pregunto quién y cuándo pensó que este lienzo alegraría las comidas entre amigos.

Fuera de estos lugares donde la gente se junta para emborracharse, a la que das cuatro pasos fuera te encuentras en la soledad del fin del mundo. Y lo fascinante del fin del mundo es que, cuando pasas unos días allí, descubres que hay otro fin del mundo más remoto todavía.

Eso descubrimos al subir al barco de una rusa llamada Masha. Navegamos hasta una abandonada ciudad minera rusa que había ofrecido los mejores sueldos de la URSS. Con dos años de trabajo, los obreros podían comprar una casa y un coche al regresar a sus lugares.

La ciudad que en su apogeo tenía más de mil habitantes, con cine y envidiables instalaciones deportivas, tras el abandono de las minas, hoy cuenta solo con quince habitantes en verano y tres en invierno.

Una pequeña guía rusa con el rifle a la espalda —los osos polares sí se atreven a pasearse por la ciudad fantasma— nos muestra el cascarón vacío de lo que antaño fue un lugar lleno de vida. Miles de pájaros gritan desde las ventanas abandonadas, en un siniestro espectáculo que recuerda a la película de Hitchcock.

En la única tienda de la urbe, que incluye un bar de vodka, un joven que pone vinilos de rock occidental —con los nombres en cirílico— me cuenta que procede de un pueblo de Rusia en los límites con Ucrania. De no vivir en este lugar, en los confines olvidados de la Tierra, sin duda lo habrían mandado al frente. Y la probabilidad de que estuviera muerto sería alta.

Me pregunta qué grupos de rock me gustan y se sorprende cuando le menciono Kino, la banda de Viktor Tsoi, el Jim Morrison ruso. Descubrimos que los dos hemos estado en la calle de Moscú donde se encuentra el muro con grafitis en su honor.

Justo entonces, la guía me llama la atención para que regrese al barco en el que hemos venido. No me puedo quedar más. Me voy de este inhóspito lugar con ganas de haber permanecido aquí un par de días para poder charlar más.

En el largo viaje de vuelta, vemos un oso polar que nos vigila desde un acantilado, así como decenas de ballenas que parecen seguir el barco, que se llama Polargirl. Al regresar al próspero y animado Longyearbyen, siento que desembarco en Nueva York. Todo es cuestión de perspectiva.

¡Feliz rentrée!

Francesc

PD. Muchos lectores amigos se quejaban de que OJALÁ ESTUVIERAS AQUÍ ya no se encuentra en ningún sitio, al estar descatalogado. Para no tener que pagar una fortuna en tiendas de segunda mano, ahora lo tenéis en edición propia, con portada de Carol Bernabeu. Lo podéis conseguir aquí en tapa dura, blanda y Kindle: https://amzn.eu/d/3Fg9wce

Comments

  • Verónica

    31 agosto, 2023 - 12:29 pm

    Gracias, gracias, gracias

    • Francesc Miralles

      31 agosto, 2023 - 5:43 pm

      A ti, Verónica!

  • Ester

    31 agosto, 2023 - 6:51 pm

    BRUTAL, LO QUE HACE PONER EN PERSPECTIVA. TODO TIENE DISTINTOS PUNTOS DE VISTA Y SERÁN MEJOR, PEOR O DIFERENTE SEGÚN LO VEAS O ESTÉS. GRACIAS FRANCESC. 🙏😘

    • Francesc Miralles

      31 agosto, 2023 - 7:44 pm

      Gràcies a tu, Ester!!!

  • Laura Tori

    31 agosto, 2023 - 7:17 pm

    La sutil belleza de descubrir aún en el fin del mundo el inicio de nuevas historias, y porque no, de nuevos mundos.
    Gracias Francesc! He viajado contigo. Abrazos!

    • Francesc Miralles

      31 agosto, 2023 - 7:44 pm

      Feliz de que hayas viajado conmigo!! :**

  • Olivia Flores

    1 septiembre, 2023 - 2:00 am

    Hermoso, gracias

    • Francesc Miralles

      4 septiembre, 2023 - 9:21 am

      Gracias a ti, Olivia 🙂

  • Lérida

    7 noviembre, 2023 - 8:36 pm

    ¡Gracias Francesc, por llevarnos contigo en esos viajes y por “ver” lo que solo se ve con el corazón, como dice Saint-Exupéry. Un fuerte abrazo!!!

    • Francesc Miralles

      8 noviembre, 2023 - 8:55 am

      Gracias, querida Lérida!! Un abrazo cariñoso desde este lado del océano!

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