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El arte de no enfadarse

Buenas noches,

¿Cómo van los propósitos del nuevo año? 25 días después ya podemos ver si estamos siendo fieles a lo que decidimos.

Creo que hará un par de años que me puse como propósito no enfadarme. Cumplirlo al 100% cada día es utópico, pero puedo asegurar que lo estoy cumpliendo al 99%. Ya casi nunca me enfado y solo cuando sucede algo tan gordo que es imposible no reaccionar.

En su día, me hice este propósito tras comprobar que enfadarse no sirve absolutamente de nada, fuera de ese calentón privado que te dura unos minutos. Eso es perfectamente sano. Me refiero a enfadarte con otra persona, especialmente si no tienes una relación muy cercana que permita estas voladuras.

¿De qué sirve enfadarse? De nada. No cambia un ápice la actitud del otro, que inmediatamente se pone a la defensiva, cría resentimiento o se distancia de ti. O bien —lo más común— te devuelve tu ira amplificada, que es lo que sucede cuando envías un mensaje o e-mail incendiario. Lo malo es que te lo responden. Y entonces has de volver a escribir para reconducir las cosas o bien enfadarte del todo… ¡Qué pérdida de tiempo y de energía!

Reconozco que en el arte de no enfadarme yo tuve un buen maestro. En mi etapa de editor que fichaba en una empresa, el editor jefe supervisaba los encargos que hacíamos a los colaboradores: traductores, diseñadores, portadistas, correctores…

La mayoría eran de confianza y siempre respondían bien, pero de vez en cuando se producía alguna hecatombe. Especialmente con personas nuevas que venían recomendadas, no eran raros los chascos. El trabajo que te entregaban era tan malo que no te quedaba otra que encargarlo de nuevo, con lo que el calendario editorial se iba al traste.

¿Qué hacer con ese colaborador? Un editor con pocas tablas le cantaría la caña por teléfono, por mail o en persona. Habría mal rollo y justificaciones, pero la situación sería la misma. Hay que encargar el trabajo a otro. Fue en una de estas situaciones cuando el editor jefe me recomendó:

“Cuando te entreguen un trabajo horrible, tú corre a pagar y que no vuelva.”

“¿Y no hay que decirle qué ha hecho mal?”, yo pregunté.

“¿Para qué? Si lo ha entregado así es que no lo sabe hacer mejor. Solo conseguirás herirle y que se revuelva contra ti. Para resarcirse, te acusará de alguna otra cosa que no imaginas. Es mejor para todos no darle más trabajo y que se quede en paz.”

“Pero… ¿y si luego llama para preguntar por qué no le damos nada?”

“Le diremos que no hay trabajo y le felicitaremos la Navidad, la Semana Santa o lo que esté más cerca.”

Con el paso de los años, me he dado cuenta de cuánta razón hay en este planteamiento, que no es cobarde en absoluto. Es inteligente y piadoso para todas las partes. He sido testimonio de ello últimamente en un par de ocasiones.

Un impresor al que conozco encargó un trabajo a un corrector amigo. No quedó satisfecho con el resultado, pero, en lugar de hacer como recomendaba mi editor jefe, cuando el colaborador contactó un mes después para preguntar si había más trabajo, el impresor le dijo lo que pensaba de su anterior tarea, sin ahorrarle palos.

El colaborador se ofendió vivamente y, por supuesto, también dijo qué pensaba del impresor. Se pasaron el día intercambiando mierda por escrito. El pasado no se podía cambiar de todos modos —lo hecho, hecho está—, pero ambos se amargaron el día a base de bien. Para eso sirve expresar el enfado y “decir lo que piensas”.

Hay maneras más delicadas de meter la pata, pero igualmente estériles. Voy a poner un ejemplo reciente.

Una persona con la que había tenido amistad casi veinte años atrás me escribió al encontrarme en las redes. Habíamos perdido totalmente el contacto como le sucede a todo el mundo. Cambias de aficiones, de trabajo, de barrio, de círculo y, arrastrado por esa marea, te desconectas de unos y te conectas a otros. Ley de vidas, pues tenemos más de una antes de morir.

Nos saludamos con cordialidad y yo pensé que todo bien. Al cabo de unos días, la persona reaparecida me vuelve a escribir para decirme que tuvimos una amistad fantástica pero que se había perdido por “falta de reciprocidad”. Por esto mismo, quizás, ahora no hemos de llamarnos amigos sino conocidos. Algo así.

Mi primera reacción es visceral. Estuve a punto de escribir un airado: “¿Me estás acusando?” ¡Error! Si te metes en este fregado, sucederá justo lo que conviene evitar: un furioso partido de tenis en el que las bolas son reproches.

La otra parte ha lanzado su pulla para que yo reaccione. Si lo hago, tal vez se abra la caja de pandora y acabaremos “cantándonos la caña” como si no hubiera mañana. Para evitarlo, hago como si no hubiera leído ese comentario y me limito a mandarle un abrazo y desearle que se cuide mucho. Acaba siendo lo mejor para los dos.

Sucede lo mismo con el flirteo on-line. A mí me tiran los tejos pocas veces, pero cuando sucede hago igual: paso por alto esa parte del mensaje, como si fuera tan tonto que soy incapaz de pillarlo. Funciona.

Enfadarse, acusar, pedir explicaciones, señalar… nada de eso sirve de nada, a no ser que quieras quedar como un gilipollas.

Hay quien se mete constantemente en líos porque está aburrido con su vida o le va la marcha. En cualquier caso, yo prefiero callar. Si alguien se enfada conmigo, está en su derecho, pero no haré de las películas de otros el guion de mis días. Que cada cual escriba el suyo y, como reza el dicho, aquí paz y luego gloria.

¡Feliz semana!

Francesc

Comments

  • Reyes

    25 enero, 2021 - 10:27 pm

    Con los años lo he aprendido y soy más feliz, de tal modo que las personas que no me ven hace tiempo se sorprenden de mi actitud.
    Me gustó más así

    • Francesc Miralles

      1 febrero, 2021 - 9:15 pm

      Es una gran satisfacción, Reyes, no saber nada de algo y aún así hacerlo y divertirse. ¡Un abrazo muy fuerte!

  • Ana

    26 enero, 2021 - 11:08 am

    Fantástico post y gran propósito. Lo he intentado hacer junto con el de descartar falacias y pensamientos negativos hacia otras personas, rollo críticas de viperina y ser consciente produce opciones así que ahí voy. Sigo intentando y haciendo. Me encanta el final y la frase de que las películas de las otras personas no sean el guión de mi Vida. Feliz lunes 🙌

    • Francesc Miralles

      26 enero, 2021 - 11:51 am

      Muchas gracias por lerr y comentar, querida Ana!! Feliz semana!!

  • Ferran

    26 enero, 2021 - 3:52 pm

    Me encanta la autenticidad del post, de nuevo he disfrutado leyendo. Gracias.
    A mí me pasaba que me enfadaba muy a menudo y con los años he podido identificar en mí, al menos dos “tipos de enfado”.
    Me enfadaba porque sentían que alguien me faltaba al respeto o había sido mal educado, o atentaba contra mi palabra, cosas así y eso me podía llegar a suceder incluso con personas con las que no tenía un vínculo emocional estrecho, por ejemplo, con el dependiente de una tienda. Sentía el impulso y la necesidad de decirlo y luego como bien dices (me he sentido muy identificado) me amargaba el día y no servía para nada.
    Obviamente también había ocasiones en que me enfadaba con amigos o familiares y ahí la cosa, para mí, era diferente. Sentía el impulso de manifestar mi enfado igualmente, pero las consecuencias duraban más de un día. Nada grave, no llegaba la sangre al rio, pero era diferente.
    Con el tiempo me di cuenta (gracias a un comentario de mi pareja) que tal vez tengo la piel muy fina y mis enfados, a veces, no eran tan importantes.
    De manera que cada vez sonrío mas desde mi corazón y me enfado menos, es una emoción que me gusta más.
    Feliz semana!! y gracias por compartir.
    Ferran.

    • Francesc Miralles

      27 enero, 2021 - 8:45 am

      Yo tengo un amigo que va por la vida “enganchándose” con todo el mundo y se pasa el día enfadado o abatido. Para eso hay un proverbio de los indios americanos que me encanta: “Es mejor calzarse unos mocasines que alfombrar el mundo entero.” No tener expectativas de lo que “deberían” hacer los demás y aceptar que cada quien es cada cual, como cantaba Serrat, ayuda a caminar mucho más tranquilo. ¡Feliz semana y gracias a ti por tu reflexión, Ferran!

  • Belem

    26 enero, 2021 - 8:05 pm

    Estoy totalmente de acuerdo contigo FrAnces. Es una leccion que lleva tiempo aprender y yo doy las gracias por que este año 2020 la he aprendido, y es increible como camBia la percepcion de las cosas. Gracias por tus enseÑanzas y tus libros. Un abrazo

    • Francesc Miralles

      27 enero, 2021 - 8:41 am

      Felicidades por haber aprendido esta lección el 2020!! Seguro que te procurará muchos beneficios para tu vida :)) ¡Abrazos!

  • Lérida

    31 enero, 2021 - 5:28 am

    Hola, Francesc!! Ya está por venir la otra “Monday” y no quiero dejar pasar ésta, ya que me hizo pensar bastante.
    Antes que nada, te felicito, porque has logrado cumplir tu propósito, no solo en un 99%, sino por un largo período. Es admirable!
    Te cuento que yo estoy intentando lograr aunque sea la cuarta parte de tu porcentaje. Pero…no es fácil para mí en este tiempo que estamos viviendo, en el que juega en contra el estrés, la angustia, etc. y muchas veces no puedo dominar las emociones. Y, como dijo Aristóteles, “…enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y de la forma correcta, ciertamente no resulta tan fácil”.
    Tal como tú lo describes, es ciertamente un arte y te ayuda a vivir mejor.
    Pero me hizo pensar el ejemplo que pones del editor. Si a esa persona le hubieran Explicado de forma Asertiva, lo que estaba mal, ¿no podrían haberlo ayudado a superarse para el próximo trabajo? ¿Tú que opinas de ésto?
    ¡Feliz fin de semana y un abrazo muy fuerte!

    • Francesc Miralles

      1 febrero, 2021 - 9:13 pm

      Querida Lérida, explicar de forma asertiva las cosas es un arte, y aceptar las críticas constructivas es otro arte. Si eres humilde y tienes mentalidad de aprendizaje, te puede servir, pero la mayoría de gente se justifica o incluso se revuelve, porque lo considera un atque. ¡Un abrazo enorme!

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