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LUGARES QUE NO SALEN EN LAS GUÍAS (27/11/2018)

Tallin Q Riga

Buenos días,

Regresando de Riga, en el avión me acordé de una canción que compuse para la escritora y editora Berta Noy. Se llamaba Llocs que no surten als mapes (Lugares que no aparecen en los mapas) como su novela que tuvimos el honor de musicar con mi banda de la época.

Esta escapada de apenas 24 horas sobre el terreno, para lo que hemos tenido que tomar dos aviones en cada trayecto, era el regalo de cumpleaños que hice a mi gran amigo del instituto. Aunque fuera poco tiempo —él ficha de lunes a viernes— no es común tener tanto tiempo seguido para pasar juntos, y ha sido un placer para mí mostrarle la ciudad que descubrí junto a mi hermano en Chile hace apenas medio año.

¿Qué hay que ver en la capital de Letonia? Seguramente muchas cosas, pero nosotros pocas veces vamos a los museos —a no ser que nos interese mucho la temática— ni visitamos a fondo los lugares históricos. Nuestra forma de viajar es simplemente patear las calles, observar la vida, entrar y salir de cafés, estar abiertos a la sorpresa.

Mi experiencia como viajero en medio centenar de países —tal vez sean más— me ha enseñado que los verdaderos highlights de un viaje son lugares que no salen en las guías. Y llegas a ellos por accidente o a través de lugareños que te abren puertas secretas.

Esto sucedió en mi primera visita a Riga con mi brother afincado en Talca. Siempre que regresa a su Europa natal nos marcamos algún viaje raro. El último incluyó Vilnius y desde allí fuimos en bus hasta la capital letona, donde yo no había estado nunca.

Nos encantó pasear por las amplias avenidas y mezclarnos con los locales —buena parte de origen ruso—, aunque en la aventura que voy a contar fueron los locales que quisieron mezclarse con nosotros.

Faltaban pocos meses para mi 50 cumpleaños y mi amigo me quiso regalar una comida en el restaurante más sofisticado de Riga. Mientras probábamos experimentos culinarios, una pareja de la mesa de al lado empezó a interactuar con nosotros. En especial una chica joven, que era letona pero hablaba muy buen español tras haber vivido dos años en Barcelona.

El compañero de ella nos hizo varias fotos y me pidió el teléfono para mandármelas por whatsapp. Tras recibirlas como recuerdo, nos despedimos pensando que era uno de esos encuentros que no tienen segunda parte. Error.

A la mañana siguiente, mientras paseábamos junto a un río, ella me mandó un mensaje desde su propio número. Nos proponía encontrarnos por la noche en unas fábricas abandonadas de las afueras de la ciudad, donde encontraríamos el ambiente más alternativo de Riga.

Parece el argumento de una peli de terror tipo Hostel, donde unos turistas son torturados a muerte tras creer que han ligado, pero no dudamos en acudir a la cita nocturna.

No fue nada fácil dar con el lugar, ya que no encontramos un solo taxista en Riga que conociera ese sitio, lo cual lo hacía aún más inquietante. Al final, un joven recepcionista de hotel que había oído hablar de ese sitio nos llamó un coche para que nos llevara.

Tal como había dicho la chica lituana, llegamos a un complejo de fábricas y almacenes abandonados, pero no parecía haber nada allí. Tras ir arriba y abajo intentando encontrar algún rastro humano, finalmente se nos ocurrió empujar una puerta de hierro y llegamos al escondido lugar.

En una explanada limitada por almacenes había un centenar de personas bebiendo cerveza, muchas de ellas con perros. De un par de edificios medio en ruinas llegaba música. Uno era una discoteca llena de humo de hidrógeno y con un piano a disposición del público. El otro, una casa decorada como el hogar de una abuela —quizás lo había sido— llena de gente bailando como loca música de los 70.

Entre el zoo humano encontramos finalmente a nuestra nueva amiga, que entre un bailoteo y el siguiente nos presentó a un economista español al que llamaban «el Robot», por su incapacidad de mostrar emociones, y un periodista danés que escribía sus memorias sentimentales. Poco después la perdimos de vista y no la volvimos a ver.

Nos encantó pasar la noche por aquellos mundos, aunque al ser un lugar alejado, terminada la noche tuvimos que regresar a pie hasta nuestro hotel en el centro.

En esta segunda visita, ese patio escondido era para mí un highlight que quería enseñar a mi compañero de viaje. Llegamos a la ciudad nevando y con temperaturas bajo cero, lo cual me hizo dudar de que hubiera vida en un sitio tan descubierto.

Para salir de dudas, volví a escribir a nuestra amiga letona después de varios meses. Me contestó que estaba en Argentina, huyendo del frío, pero que intentaría averiguar «si pasa algo por ahí». Media hora después nos dijo que habría una obra de teatro o algo parecido.

Decididos a averiguarlo, el sábado nos dirigimos hacia allí al caer la noche. Logramos llegar a los almacenes abandonados, pero no encontrábamos por ningún lugar la puerta de hierro que daba acceso al descampado entre edificios.

Bajo un frío de bigotes, empezamos a deambular entre pabellones cerrados, patios industriales y callejones desiertos. Al llegar a un solar con restos de nieve, me pregunté si aquel lugar vacío entre edificios abandonados podía ser el paraíso underground del verano.

Veinte años atrás hubiera sido imposible saberlo, pero el milagro de la tecnología a veces sirve para algo más que para perder tiempo. Hice una foto de aquel espacio desolado (la que encabeza este artículo) que viajó 12.750 km en un segundo para llegar al móvil de nuestra amiga en Buenos Aires, que contestó enseguida algo así:

“Estáis en el lugar correcto. Daros la vuelta y veréis un edificio amarillo. Llamad a la puerta y os dejarán subir. Hay programada una obra de teatro, pero seguro que ya hay gente en el bar.”

Efectivamente, minutos después estábamos en la «casa de la abuela» donde había bailado en verano, tomando cervezas con media docena de tipos alternativos mientras los actores preparaban el escenario. En un viejo tocadiscos sonaba el LP Oceans of Fantasy de Boney M., que creo que no escuchaba desde mi adolescencia.

Definitivamente, hay lugares que no salen en las guías. Y es mejor que sigan así.

¡Feliz semana!

Francesc

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