EN / CAT / CAST

NEWS

AMAR Y SER AMADO (23/04/2018)

Charles Aznavour con Benjamin Clementine

Buenas tardes,

El pasado viernes por la noche viví una velada única que me ha dado mucho que pensar, por lo que quiero compartirla aquí.

La chanson francesa siempre me ha gustado, así que cuando viene uno de sus dinosaurios a Barcelona procuro acudir al concierto.

Así fue en 1991, cuando con mi amigo JR acudimos al teatro Tivoli a ver a Charles Trenet, y nos causó asombro que a sus 78 años fuera capaz de cantar en el escenario y de agitar su característico sombrero mientras entonaba temas como La mer o Je chante.

Si la vitalidad de este septuagenario nos sorprendió… ¿qué pensar de un hombre que, a un mes de cumplir los 94, da un enérgico recital de hora y media en el Liceo de Barcelona? Ese hombre es Charles Aznavour y el evento tuvo lugar el pasado viernes. Aunque estuvo a punto de no celebrarse.

Con el teatro abarrotado de espectadores, a cinco minutos de empezar el show saltó la alarma a través de megafonía, que transmitió el siguiente mensaje:

Lamentamos informar de que el señor Aznavour ha sufrido esta tarde un pinzamiento agudo en la pierna que le causa un dolor muy intenso. Por el gran aprecio que tiene al público de Barcelona, se resiste a suspender el recital pero, en caso de poder hacerlo, advierte de que estará más sentado de lo normal.

A este aviso siguieron unos minutos de expectante preocupación. No es lo mismo que sufra esta incidencia una persona joven, que un hombre que en la década de los 40 ya compartía escenario con Édith Piaf.

Cuando las luces se apagaron y el cantautor de origen armenio caminó lentamente hacia el centro del escenario, fue recibido con una gran ovación. Esta fue acallada con un gesto del propio Aznavour, que explicó en francés:

—Ante una situación como la que me encuentro, solo tienes dos opciones: suspender el espectáculo o morir en el escenario. Y yo he decidido morir en el escenario.

Me cuesta imaginar una forma más poderosa de iniciar un concierto, donde el autor de La Bohême se entregó a fondo a dar lo que tenía. Había temas que le salían desafinados, por no poder llegar ya a las notas, y otros que sonaban deliciosos como un licor añejo.

Y no se limitaba a cantar. Explicaba anécdotas y ponía en contexto cada canción, una de las cuales —su primera composición, a los nueve años— había escrito 85 años atrás. De vez en cuando, interpelaba al público preguntando cosas como:

—¿Hay alguien más viejo que yo en esta sala?

Cada vez que cogía algo de fuerzas se levantaba de la silla, y llegó a bailar incluso a lo largo del escenario.

En una entrevista que le leí hace poco, Aznavour declaraba: «La jubilación es la antesala de la muerte», pero más allá de su formidable energía y resiliencia, para mí el concierto fue una muestra del amor al público que siempre ha caracterizado a los grandes.

Existen dos extremos en los artistas que han alcanzado la categoría de mito.

Hay figuras caprichosas como Bob Dylan, capaz de dar un concierto entero de espaldas a la audiencia, y que se esfuerza en elegir un repertorio sin canciones conocidas para el gran público. Si se digna a cantar Blowin’ in the wind, por ejemplo, lo hace cambiando los acordes y la melodía vocal, no vaya a ser que los espectadores disfruten enganchándose a la canción.

En el extremo opuesto están estos caballeros de la canción francesa, nuestro añorado Leonard Cohen —al final de su vida, sus conciertos no bajaban de las dos horas—, o Frank Sinatra, a quien también tuvimos la suerte de ver un año después de Charles Trenet.

Fue en 1992 y «la voz» contaba 76 años en su primer —y último— concierto en Barcelona, que tuvo lugar en el Palau Sant Jordi.

Aunque de forma diferente a Aznavour, nada más empezar Sinatra sufrió un contratiempo que estuvo a punto de dar al traste con la gala. Un cortocircuito fundió el sistema de amplificación, que quedó al 30 por ciento de su volumen.

Aun así, el artista decidió hilar sus canciones, que sonaron con suficiente fuerza en el corazón de los espectadores. Y no dejó de visitar un solo hit. Lo que el público deseaba escuchar —había quien llevaba 40 años esperando aquel concierto— Sinatra se lo daba. Y lo hacía sin prisas, con la sabiduría del viejo amante.

En un momento del show, Frank encendió un cigarrillo y se llenó el vaso de Jack Daniels. Entre calada y sorbo, miró al público complacido y dijo:

—¿Sabéis lo único que me da pena de esta noche? No ser un poco más joven para poder volver a Barcelona.

Caballero hasta el fin, como Aznavour, «la voz» se fue de este mundo con la tranquilidad de quien lo da todo. No parecía importarle cantar My way por milésima vez, aunque seguro que fueron muchas más. Si a la gente le hacía feliz escucharla, no sería él quien les negara aquel placer.

Hablamos de artistas legendarios que han amado a su público y se han dejado amar por ellos. Y esa es una cualidad del espíritu que está al alcance de cualquier persona, también de las que actúan en el teatro de la vida, como decía Calderón de la Barca, porque se trata de una elección.

Puedes negar al mundo el pan y la sal, o elegir amar y ser amado. De nuestra decisión dependerá la felicidad de los demás y, por añadidura, nuestra propia felicidad.

Con mucho cariño,

Francesc

PD. En la foto, Charles Aznavour con Benjamin Clementine.

>> Comments (3)


MONDAY NEWS  /  BIO  /  FEEDBACK  /  NEWS  /  MUSIC  /  BOOKS  /  MAIL  /  © Francesc Miralles