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EL SILENCIO DE LOS ÁNGELES (12/02/2018)

Der Himmel über Berlin

Buenas noches,

Cada vez que estoy en Berlín, como esta semana, tengo que pensar en los ángeles de Wim Wenders, que abrazan de forma invisible a las personas que sufren. El pasajero triste del metro, el lector de biblioteca abrumado por el pasado, la trapecista desesperada ante el cierre del circo. Aunque no pueden ver a sus protectores, todos se sienten mejor al sentir de forma misteriosa su amor y atención.

Nadie anda perdido del todo mientras un alma paciente cuide sus heridas.

Esta película de 1987 puede resultar muy lenta en los tiempos actuales, pero la he visionado media docena de veces, aunque solo sea para ver a un joven Nick Cave cantar From Her to Eternity en un club suburbano.

Fuera de la pantalla hay más ángeles sin alas de los que imaginamos. Y eso que es un oficio agotador, solo para los muy valientes.

Quien ha luchado por sostener a un amigo deprimido lo sabe. Puedes tener con esta persona cientos de conversaciones, dar consuelo y alternativas, señalar la luz al final del túnel, pero el otro se enroca en su dolor y no ve otra cosa que sus propias tinieblas. Reproduce los mismos lamentos una y otra vez, atrapado en un bucle de negatividad que parece no tener fin. Hasta que sale de la cripta y vuelve al mundo.

Acompañar a alguien en ese estado es un trabajo de resistencia que ocasiona muchos abandonos pero, como en El cielo sobre Berlín, hay ángeles que se cuelan sigilosamente en nuestra vida cuando más los necesitamos. Y una vez han completado su misión se van.

En la época más difícil de mi vida, yo tuve la suerte de tener no solo a un ángel, sino a dos. Después de un cúmulo de decisiones erróneas que una amiga describió como «sumatorio de calamidades», me encontré en un pozo del que parecía difícil salir. Estaba arruinado y había perdido el hambre y el sueño, compartiendo mi soledad con un gato esquivo, rodeado de un vacío que se me hacía insoportable.

Por aquella época, admití a muchos alumnos de novela que llenaban mis tardes. Me servía para sentirme útil —nunca perdí mi vocación de sherpa—, pero cuando se iba el último, un silencio terrible se apoderaba del apartamento. Yo entonces no salía a ninguna parte, solo esperaba el momento de acostarme para no dormir.

Fueron un centenar de noches o más antes de rencontrar la luz, y en todas ellas me llamó por teléfono una misma persona desde el otro lado del charco. Indefectiblemente, a la hora de cenar sonaba el fijo y, a más de 11.000 km de distancia, mi amigo me hacía toda clase de preguntas y me escuchaba atentamente durante una hora. Todos los días. Siempre encontraba la manera de hacerme reír, y me proponía planes disparatados para que saliera de mi madriguera.

Pero antes he hablado de dos ángeles, y este era solo uno. Hubo una segunda alma protectora con un mérito muy singular, porque se trataba de una chica a la que yo conocía de forma muy reciente.

Al darse cuenta de la situación, empezó a venir a mi casa todos los lunes a tomar el té por la mañana. Dado que yo me había aislado del mundo, era un placer empezar la semana con alguien dispuesto a charlar de arte, de vivencias y libros. Se había reservado los lunes por la mañana para esa misión y nunca tenía prisa. Una vez vimos juntos una película que duraba tres horas y media.

Y, así como mi amigo llamaba cada noche, la amiga de los lunes también mandaba un whatsapp cada tarde para comprobar que yo seguía allí.

Lo más extraordinario de estas personas fue que cuando el tsunami amainó, su presencia se diluyó como un sueño. El contacto con mi amigo se volvió ocasional y pasábamos semanas sin hablar, excepto cuando teníamos algo gordo que contarnos. En cuanto a mi amiga de los lunes y el whatsapp diario, ahora tenemos el ritual de vernos una hora al mes en un café para no perder el hilo de nuestras vidas.

Cuando hago alguna referencia a aquella época enseguida cambian de tema, como si aquellos esfuerzos no hubieran tenido importancia alguna. Es la modestia y discreción propia de los ángeles.

Atravesado el desierto, la vida me ha puesto en disposición de ayudar a otros escribiendo libros y artículos, además de dar charlas y talleres. Cuando encuentro una hora libre, escucho proyectos en una sesión de ikigai o le descubro a alguien el piano satori. Sin embargo, todavía estoy lejos de aquellos dos.

Como decía Clarence en ¡Qué bello es vivir!, aún tengo que ganarme las alas. Cada persona a la que logras ayudar te enseña algo nuevo que te servirá para otras, pero hay quien nace con ese don que surge de la bondad y de la escucha más profunda. A ellos, mis amigos alados, he querido dedicar este artículo.

¡Feliz semana!

Francesc

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