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La desolación es un sentimiento universal (21/08/2017)

Dorasan Station

Buenas tardes,

Escribo este post desde Ureshino, un pueblo al sur de Japón donde, según los expertos, se cultiva el mejor té del mundo. Supe por primera vez de este lugar, justamente, por una lata de té. El año pasado estaba mostrando el país a unos amigos y, el último día, entré en unos grandes almacenes de Tokio para llevar un poco de té a casa.

La lata, de apenas 50 gramos, contenía justamente té de Ureshino y al tomarlo me quedé fascinado con la delicadeza de su sabor. Un año después, aprovechamos unos días de trabajo en Tokio con mi querido Héctor García Kirai (pronto tendréis novedades nuestras) para hacer antes un poco de ruta con mi compañera.

Ureshino es nuestra última escala antes de volar a la capital, que se encuentra a casi mil kilómetros de aquí, pero antes hemos estado, entre otros lugares, en Corea. Además de conocer la vibrante capital, llena de cantantes en las calles que esperan ser descubiertos, fuimos a visitar la frontera con Corea del Norte.

Esta experiencia ofrece momentos surrealistas, como el observatorio en la frontera donde las dos Coreas batallan con altavoces ensordecedores para influir en los habitantes de la otra parte. El sur transmite noticias de su radio y música occidental, mientras el norte lanza su propia propaganda con proclamas y marchas militares.

Como parte del programa, se visita uno de los túneles que Corea del Norte excavó en secreto para invadir el Sur, así como el llamado Pueblo de la Reunificación (un experimento de 500 agricultores en la estrecha franja desmilitarizada entre ambos estados) y la estación de tren más triste del mundo.

Con el cambio de siglo, en un momento de deshielo entre ambos estados, se decidió unir este país dividido con una línea de tren que conectaría ambas Coreas entre sí, y toda la península con el mundo. De este modo, se podría viajar en tren desde Seúl a Lisboa en tres semanas.

Una enorme y moderna estación se construyó en la actual zona desmilitarizada para que los norcoreanos pudieran ir a Seúl y los surcoreanos a Pyongyang y desde allí al resto del mundo, ya que la división les cierra el paso a China y al Transiberiano que les llevaría a Europa.

La estación y la línea férrea solo funcionó un año, en el que prácticamente solo circularon trenes de carga. Luego la guerra fría volvió a instalarse entre las dos capitales y, actualmente, se ha recrudecido. 

Convertida en estación fantasma, con salidas y llegadas a ninguna parte, los visitantes contemplan asombrados la taquilla de billetes abierta, así como el panel de destinos a Pyongyang, Moscú, París y otras ciudades a las que solo se puede viajar con la imaginación o volando literalmente, porque hace quince años que aquí no se mueve ni un tornillo sobre los raíles. 

Eso sí, como dice mi compañera, esta es una estación llena de esperanza. Los coreanos no renuncian a que algún día vuelva a oirse el traqueteo de los trenes.

De regreso al autobús, la guía nos cuenta una historia íntima y sobrecogedora sobre la dolorosa historia de Corea. Tras la guerra civil que siguió a la invasión de Seul por parte de los comunistas del norte, que causó en ambos lados la muerte de dos millones y medio de civiles, el caos era tal que muchas familias quedaron divididas de un día para otro al trazarse la frontera definitiva.

Este fue el caso del tío de nuestra guía que, huyendo de un bombardeo, con solo diez años quedó separado de sus padres para siempre. Al tratar de volver a su casa, descubrió que se encontraba en Corea del Norte. Jamás logró cruzar la frontera para reunirse con su familia. Ya desde entonces, entre los dos territorios no ha existido comunicación de ningún tipo: ni teléfono, ni servicio postal ni, modernamente, nada que tenga que ver con Internet.

Así pues, este niño tuvo que asumir un repentino y brutal desarraigo. En el otro lado, pese a todos sus intentos, los padres perdieron cualquier esperanza de volver a ver a su hijo. De hecho, durante décadas les fue imposible saber si estaba vivo o muerto. 

Tras morir de anciano el padre del chico, esta historia tristemente real dio un giro que supera la ficción. A través de un programa de televisión que se dedicaba a buscar y reunir coreanos de ambas partes (una de las escasas colaboraciones entre ambos estados), la madre nonagenaria logró, sesenta años después, localizar a su hijo y reunirse con él.

El niño tenía ya setenta cuando logró abrazar de nuevo a su madre. Muy emocionado, le explicó que los inicios habían sido muy duros, pero que luego la vida no le había tratado mal. Acabó trabajando en la compañía nacional de trenes, algo que en Corea del Norte se considera un buen puesto.

Tras una separación de sesenta años, les permitieron estar juntos diez horas y nunca más pudieron volver a verse ni comunicarse por ningún medio.

En estos días devastadores para los que vivimos o amamos Barcelona, conocer estas noticias terribles desde un lugar como Corea me ha dado una perspectiva distinta. Ayer, hoy y sin duda mañana, el mundo será un abismo de masacres, calamidades y tristezas. Cada país llora y homenajea a los suyos, pero la desolación es un sentimiento tan universal como la barbarie. Afecta a todos, también en aquellas partes del mundo de las que apenas sabemos nada.

¿Qué podemos hacer ante este inmenso pozo de dolor? Además de cuidar a los que sufren cerca de nosotros, no se me ocurre otro remedio que esparcir semillas de alegría, allí donde podamos y nos necesiten, con lo mejor que tengamos. Pero eso será tema de otro post que tiene como co-protagonista a mi amigo Álex Rovira.

Pese a todo, os deseo una buena semana desde esta parte del mundo,

Francesc

>> Comments (4)


Comments and Questions

MªCarmen (28/08/2017 09:14:30) Al leer estas líneas he recordado la estación de tren del pueblo de mi padre, Oña (Burgos) también abandonada. Su historia habrá tenido, aunque nada tenga que ver. El tren debió de dejar de circular porque supongo que no salía a cuenta mantenerlo. Retiraron las vías y se puede hacer el recorrido andando. El paraje es bonito, es un valle entre montañas. Es triste que aquello que se construyó para unir a los pueblos deje de funcionar. Aunque en este caso, mejoraron las carreteras. Solo se aísla cuando nieva. Y ese poder únicamente debería estar en manos de la naturaleza. Un abrazo.
Gracias por tu bello testimonio, Mª Carmen! Un abrazo muy fuerte!!

ISABEL (22/08/2017 18:12:09) Hola..... qué podemos decir, quizá es mejor en estos momentos pensar, sólo pensar. Es una fortuna conocer países y culturas distintas, abrir la mente y buscar lugares que nos enriquezcan que nos llenes de vida, pero no todo vale, no todo está bien, no todos los regímenes que rigen países son buenos. Hay que saber discernir,debemos respetar pero no alentar la injusticia. mahalo
Gracias por tu comentario, Isabel! Un abrazo grande camino de Tokio

Pablo (21/08/2017 19:57:33) Querido amigo. Qué grande es cada lunes tener un momento de reflexión y casi sentir que estamos charlando en Gracia!!! Estis días creo que todos hemos sentido desolación, pero muchos han sentido rabia, odio, xenofovia, ganas de vengarse... Es triste ser cada vez más consciente de lo crueles que podemos llegar a ser los seres humanos. Ojalá algún día camvien las tornas y nos regalemos sonrisas, abrazos, seamos más tolerantes, demos sin esperar nada a cambio y nos movamos por felicidad y actos de amor y cariño. Piede ser una utopía, pero yo en mi microcosmos intento cumplir esto cada día. Un abrazon gigantesco desde una calurosa Madrid. Nos vemos pronto.
Cada persona es una utopía contagiosa, querido amigo. Tu presencia en el mundo es un bálsamo para tanta ignorancia y vulgaridad. ¡Un abrazo enorme desde los campos de té de Ureshino!

Rebeca (21/08/2017 18:10:55) Querido amigo, el dolor llega a todas partes. Cuando pasan acontecimientos así nos damos cuenta de la realidad y de que debemos valorar mucho lo que tenemos. Vivir cada instante como deseamos y hacer felices a los que tenemos cerca. Te mando un abrazo enorme. Un beso, Beka!
Otro beso desde Ureshino a tus tierras, querida amiga! No dejes de repartir nunca alegría! Mil besos


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