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Una experiencia espiritual (03/07/2017)

Georgian Christians

Buenas noches,

La semana pasada anuncié que me iba de retiro urbano a Tiflis, la capital de Georgia, y hasta allí he viajado y he regresado, que no es poco. Antes de contar lo que viví, quiero explicar las dos cosas que pueden suceder en un retiro -de la clase que sea-, ya que una experiencia así no se puede vivir de manera tibia. Aunque solo sea por el hecho de pasar días sin hablar con nadie, en un lugar extraño, eso ya supone una experiencia extraordinaria que puede tener dos resultados para la mente:

1) Vives el evento con gran serenidad, dedicando tu tiempo a meditar, a descubrir y a cosas creativas. Descansas mucho, te relajas. La angustia deja paso a un estado de conexión con tu nuevo entorno. Yo diría que eso no es lo que sucede más a menudo

2) Lo vives como un infierno, porque al cesar las distracciones cotidianas, sin nadie con quien hablar, el parloteo interior alcanza un volumen insospechado. Si hay conflictos sin resolver, no hay duda que van a ocupar todo el espacio mental, día y noche, con lo que el retiro se convierte en un suplicio. Eso sí, los procesos se aceleran, con lo cual las soluciones se hallan más cerca.

En mi solitario "stage" georgiano hubo más del 2 que del 1, porque me llevé unos cuantos problemas sobre los que rumiar, y además los primeros días sufrí un bombardeo de tareas editoriales urgentes por mail que me obligaron a pasar muchas horas tecleando en mi habitación de hotel o en los cafés.

Eso sí, aproveché para pasear un montón, ciudad arriba y abajo. Conocí Tiflis bastante bien, descubrí bares con camareros encantadores y otros donde te servían a cara de perro.

Para airearme de verdad, el día antes de marcharme decidí meterme en un autobús lleno de musulmanes que recorría la Vieja Carretera Militar, que serpentea entre pasos a 2500 metros hasta encarar al Kazbek, a más de 5000 metros de altura.

Rusia se encuentra a 7 kilómetros de aquí, y las relaciones con Georgia son cualquier cosa menos fáciles. Después de dos guerras (la de Osetia del Sur y la de Abjasia) no hay relaciones políticas entre ambos países. Aun así, los rusos pueden entrar libremente en Georgia, mientras que los georgianos necesitan solicitar visado para acceder al gigantesco país vecino.

En este enclave entre las montañas, tras subir con jeeps hasta una iglesia colgada en una cima, los pasajeros del autobús teníamos incluida una comida tradicional georgiana. Básicamente implica cubrir la mesa de platitos, de modo que no se pueda ver la madera. Y por supuesto, vino y chacha. Esto último es el aguardiente local, equivalente a la rakia de los Balcanes.

La llegada del licor al principio fue vista con recelo por los participantes de la excursión, donde había tres hombres mayores de Kuwait (uno de ellos juez), un egipcio, una pakistaní, dos mujeres de India y otras nacionalidades. Entre ellos estaba Masoud, un iraní acompañado de su esposa, que diez segundos después de presentarnos me invitó a visitarle en su país de forma efusiva.

A medida que avanzaba la comida, la botella de plástico llena de chacha casera cada vez despertaba más curiosidad, así que todo el mundo empezó a catarlo, incluyendo el iraní y los serios kuwaitíes. Dos horas después, la botella estaba vacía, se pidieron otras y el autobús regresaba a Tiflis con todo el pasaje borracho, cantando y abrazándose.

Un ingeniero húngaro, el más serio entre los pasajeros, miraba escandalizado cómo uno de los señores kuwaitíes gritaba: "¡La chacha hace iguales a musulmanes, cristianos, judíos, hindúes y ateos! ¡Viva la chacha! ¡No necesitamos la religión!"

Tres horas después, llegamos a la capital con todos los bebedores durmiendo la mona. Yo pasé mis últimas horas en una terraza del centro, leyendo y observando a los paseantes, entendiendo que son los líderes -políticos y religiosos-, no los ciudadanos de a pie, quienes buscan el conflicto y la separación.

En este país extraño, los horarios de los vuelos para regresar -vía Estambul- solo podían ser extraños, así que tuve que levantarme a las 2:30 de la madrugada para tomar un taxi al aeropuerto. Me esperaban 10 horas de vuelos y un AVE para ir hasta Zaragoza, donde hice junto a David Lozano e Hypatia mi última presentación del libro.

A medida que pasan los días, las viejas calles de Tblisi empiezan a difuminarse en mi memoria, como la mente poseída por la chacha. Tengo la impresión de que he aprendido algo muy importante en esta aventura pero aún no sé concretar qué es. Seguiremos informando...

¡Feliz semana!

Francesc

PD. En la foto, dos cristianas de Georgia rezan en una iglesia en las montañas.

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