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En el mundo viven 10.000 personas (06/03/2017)

Enric & Francesc

Buenas noches,

Después de vivir hace unos días una escena que a continuación contaré, he recordado una historia que me conecta con mi padre hace un par de décadas, pero que luego se extendió en el tiempo.

Fuera de los íntimos, poca gente sabe que mi padre, además de auxiliar administrativo y intelectual autodidacta, en su madurez escribió y publicó tres novelas juveniles. Me resulta curioso que eligiera ese "target" de lectores, ya que siempre fue un hombre distante -aunque en el fondo era timidez- con sus hijos, especialmente durante los años difíciles de la adolescencia.

Cuando mi padre publicó su primer libro, Elemental, querido Watson, tras quedar finalista en un premio del que yo un día sería jurado, se encontró con un éxito inesperado. La novela, en la que los protagonistas de A.C. Doyle tratan de esclarecer el asesinato del General Prim, se reeditó y fue traducida al vasco y al gallego. 

Por aquel entonces yo iba a la universidad, y me gustó mucho leer aquella aventura que mi padre había confeccionado tan secretamente. Recuerdo que le felicité. Animado por aquel prometedor inicio, mi padre escribió una segunda novela que ya no obtuvo ningún éxito. Luego una tercera que los editores no quisieron publicar y que al final tuvo que pagar para que viera la luz.

Por qué pasó todo esto, y cuál fue la reacción de mi padre cuando yo empecé a escribir novelas es un tema complejo que merece un futuro post. Ahora solo quiero detenerme en un detalle. En aquel inicio literario que luego se vio frenado, como les sucede a tantos otros autores, mi padre empezó a recibir cartas de una joven lectora que se declaraba admiradora suya.

Su talante amable hacía que él siempre le contestara a vuelta de correo con cartas igual de extensas, a veces de varios folios, y aquella fue una amistad epistolar que se prolongó a lo largo de los años, quizás hasta la muerte de mi padre.

Aquí abro un paréntesis para contar lo que me sucedió hace unos cuantos días, aunque luego uniremos los puntos. En la semana en la que más presentaciones de libros he hecho en mi vida -cuatro-, el pasado jueves fui al Colegio de Abogados de Barcelona a hacer los honores a Mónica Tornadijo, autora de El rey de la casa, un thriller sobre la culpabilidad y el síndrome del Emperador.

La doble entrevista que le hicimos junto a mi querida Silvia Adela Kohan salió muy bien, y esta abogada y autora dio la talla ante sus compañeros de profesión. Al terminar el acto, un hombre con gafas de expresión afable se me acercó a saludarme y me dijo:

-Soy el marido de Mónica. Tú a mí no me recuerdas, pero yo a ti sí.

A continuación me explicó que, a los dieciséis años, durante un viaje del instituto Montserrat a Florencia, él era la única persona en el autocar que no conocía a nadie. El motivo era que él era de diurno y aquel tour se había montado para los alumnos de bachillerato de nocturno.

Según me contó, se sentía tan solo que, en un momento de la ruta, se acercó a mí y a quien era mi compañero de pupitre para pedirnos si podía unirse a nosotros dos en nuestros paseos por la ciudad italiana. Aunque no le habíamos visto en nuestra vida, le dijimos que adelante y, al parecer, los tres estuvimos ocho días haciendo mil cosas juntos. Entre ellas, tomar un tren por nuestra cuenta para ver un partido que enfrentaba al Empoli contra un gran equipo del Calcio.

Recuerdo estar en el campo de fútbol y que los locales ganaron 3 a 1, pero debo de tener un agujero negro en la memoria (me pasa a menudo) porque no recuerdo que adoptáramos a ningún alumno de diurno en nuestras aventuras, aunque me aseguran que íbamos los tres juntos a todas partes.

Que este solitario y amable viajero haya resultado ser el marido de una alumna de nuestros cursos de escritura, finalmente publicada, es solo una coincidencia más de las que constantemente se producen. Un amigo me dijo hace poco que las cifras que da la demografía tienen que ser falsas y que, en realidad, en el mundo viven 10.000 personas. De otro modo no se explica que siempre encontremos a las mismas personas una y otra vez.

En un caso parecido, el escritor Jordi Cantavella, a quien me presentaron para que le ayudara en sus inicios literarios, me aseguró que ya nos habíamos conocido a los 19 años. Él era cliente asiduo del bar donde yo trabajaba de camarero y yo mismo le entregué un trofeo como mejor cliente del año. Tampoco tengo un solo recuerdo de ese hecho.

Volviendo a Mónica Tornadijo, la novelista y esposa de nuestro inesperado compañero en Florencia, recuerdo que la conocí en un taller de los que hacemos algún sábado con Silvia Adela Kohan. A todos los alumnos los conocía por referencias (muchos venían de otros cursos con Silvia), menos una chica morena de unos veinte años que siguió el curso con mucha atención, trabajando escrupulosamente en sus ejercicios. Nadie sabía de dónde había salido.

Al terminar el taller, mientras despedía a todo el mundo, la chica misteriosa se acercó y me soltó:

-Quiero decirte que soy la niña que se escribía con tu padre. Después de pasar ocho horas aquí, ahora sé que no tienes nada que ver con él.

Feliz semana,

Francesc

PD. En la foto, los viajeros de Florencia en nuestro reencuentro 31 años después.

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