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LA BUENA ACCIÓN DE LA SEMANA (31/01/2017)

Zipi y Zape

Buenas tardes,

Ayer lunes me fue imposible acudir a nuestra cita debido al incidente que contaré en este post. Antes, sin embargo, quiero hablar de un tebeo (antes los cómics se llamaban así) que marcó mi infancia.

Nada más aprender a leer, las aventuras de Zipi y Zape se convirtieron en toda una inspiración para mí. Me encantaba su forma de hacer los trabajos de clase, porque si tenían que escribir una redacción sobre la edad de piedra, por ejemplo, se iban a vivir a una caverna para descubrirlo.

Como sucede con todas las personas, Zipi y Zape tenían ciertos rituales que eran importantes para ellos. Uno de ellos era cumplir con «la buena acción de la semana», que preferiblemente era asistir a una huerfanita o ayudar a cruzar la calle a un ciego.

Si la semana avanzaba sin que hubieran tenido la oportunidad de realizar una buena acción, la acababan forzando y eso les metía en un buen lío.

En la vida que se desarrolla fuera de los tebeos, no siempre encuentras una situación clara en la que ayudar de forma personal a alguien que se cruza en tu camino. Puedes contribuir económicamente en ONGs o colaborar como voluntario en muchas causas, pero tu aportación a veces no tiene el rostro de alguien que puedes tocar con tu mano.

Se trata de una discusión que tengo a menudo con algunas personas que se me presentan como idealistas. Me hablan de cambiar el mundo, pero ni siquiera bajan la mirada a un anciano que se hiela de frío en la entrada de un cajero, mientras sacan dinero para su ocio.

No creo en ninguna solidaridad que no empiece por la persona que sufre a tu lado, aunque sea un perfecto desconocido. Eso lo explicó Vicente Ferrer hace muchos años, en una visita que hicimos a su fundación en la India. Venía a decir: «Ayudar no tiene nada que ver con la religión. Si alguien se cae, le levantas. Sobre eso no tienes ninguna duda.»

Y esa ayuda no se restringe solo a los pobres y desvalidos. Todo el mundo necesita ayuda a veces cuando se encuentra en un apuro.

Todo este largo rollo es para explicar qué pasó ayer en el AVE de Barcelona a Madrid cuando me disponía a escribir la Monday News. De repente oímos unas voces desesperadas a nuestras espaldas. Mi compañera fue la primera en acudir para saber qué pasaba.

Una joven pareja de viajeros chinos había ido al vagón restaurante y, a su regreso, descubrieron que les habían robado todo. Tal vez porque procedían de una región con poco índice de robos o porque estaban mal informados, habían dejado un macuto con la cámara, los pasaportes, las tarjetas de crédito y todo el dinero que tenían en efectivo.

Sin saber una palabra de castellano, estaban llegando a Madrid indocumentados y sin un céntimo. Tampoco conocían a nadie ahí. Solo tenían la dirección del Airbnb donde estaba su alojamiento. Al ver cómo el chico —no tendría más de 25 años— lloraba desconsoladamente, las palabras de Ferrer resonaron en mi mente y nos dispusimos a ayudarles.

Los llevamos en taxi hasta una comisaría del centro para presentar la denuncia, ya que sin eso no podían ir al día siguiente a la embajada a pedir ayuda. Luego les llevamos hasta su alojamiento y les dimos los cuarenta euros que teníamos en el bolsillo. Con eso podrían cenar algo y pagarse los desplazamientos al día siguiente.

Al despedirnos, ya en su habitación, sus caras habían cambiado absolutamente. La chica, que se llamaba DongDong, estaba emocionada y nos regaló unos sobrecitos de té de su país.

Camino de nuestro hotel, ya a la una de la madrugada, mi compañera y yo estábamos felices por haber podido ser útiles. Convertidos en los Zipi y Zape de esta pequeña aventura, nos fuimos a dormir con la agradable sensación de que el día había tenido un sentido.

¡Feliz semana y gracias por leer hasta aquí!

Francesc

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