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La visita del padre

Padre Algirdas

Buenos días (un día más tarde),

Por la época en la que me tocó nacer, pasé ocho años en un colegio de curas solo para chicos. El recuerdo que tengo de aquellos sacerdotes era el de unos hombres mayores, consagrados a la sufrida educación de unos chicos salvajes que fumaban con doce años, se peleaban a puñetazos o, en algunos casos, se amenazaban con navajas.

De todos ellos, nuestro favorito era el Hermano Santamaría, un anciano diminuto y siempre sonriente que regentaba la papelería del colegio. Allí compraba yo las gomas Milán, los lápices y las libretas de caligrafía. En ocho años de encierro, jamás vi a este hombre de mal humor. Siempre tenía una palabra cariñosa para todo el mundo y disculpaba cualquier gamberrada que sucediera en su establecimiento.

Influido por aquel entorno, en mis primeros años de escuela me esforcé por ir a misa algunos domingos —más que nada por miedo a ir al infierno—, pero las palabras del cura de mi barrio no me resonaban. Las veremonias eran una aburrida lectura y comentario del libro sagrado, sin emoción alguna por parte del párroco. A veces tenía la impresión de que el sacerdote se dormiría antes que yo.

Con el tiempo, dejé de ir y, aunque siempre me he considerado espiritual, pasé mi adolescencia en conciertos de punk y leyendo novelas existenciales.

Al acercarme a los 30 me interesé mucho por el budismo, hice tres retiros en un monasterio en las Alpujarras y leí muchos libros sobre el tema, además de entrevistar a autores como Robert Thurman, el prestigioso doctor en budismo y padre de Uma Thurman.

Mi contacto con la iglesia de mi infancia se reducía a un amigo con el que trabajé de camarero en un camping y que hoy es sacerdote en León, y la amable recepción que nos brindó en el Vaticano el Papa Francisco con los chicos de La Empresa Más Loca del Mundo (https://bit.ly/2DfTnqq).

Sin embargo, la vida siempre nos depara sorpresas. En una escapada breve por el Báltico este verano, mi amiga Lina Ever, autora lituana de novela romántica, me presentó al Padre Algirdas, un sacerdote católico de 40 años que es muy famoso en su país. No solo por haber sido nº1 durante muchos meses con los libros de sus homilías. También está presente en revistas y programas de televisión. Una celebrity en toda regla.

Lleno de curiosidad, Lina me llevó con dos amigos míos a conocerle en la particular iglesia donde este hombre de mente abierta tiene su cuartel general. Es un templo abandonado desde la Segunda Guerra Mundial y que está prácticamente en ruinas desde entonces. 

Convertido por los soviéticos en un almacén de tres pisos, el padre Algirdas ha empezado a montar exposiciones de arte y en breve abrirá un café intercultural, donde gente de todas las procedencias y religiones puedan conversar libremente. En la tercera planta tiene la capilla donde da misa.

Al llegar hasta allí arriba por unas oscuras escaleras, me sorprendió que la cruz de Cristo detrás del altar estaba pintada en la pared, a falta de crucifijo para la figura. También las grietas que surcaban la pared despintada.

Muy contento de recibirnos, Algirdas nos invitó a la sacristía sin importarle las pintas que llevábamos.  Yo vestía la camiseta de un monstruo de película antigua y mi hermano Jordi Medianoche mostraba sus tatuajes de estrellas del diablo y machos cabríos. Nada de eso parecía molestar al padre, que estuvo debatiendo y riendo con nosotros una hora.

En un momento de la conversación, le pregunté:

—Algirdas, ya que tienes tantos voluntarios que te ayudan en las exposiciones y otros proyectos de este lugar, supongo que restauraréis la iglesia.

En este punto se puso serio y dijo:

—No será necesario, Francesc. Esta iglesia está rota, como rotas están nuestras vidas.

Impresionado por esta visita, mi instinto de sherpa literario se despertó y le invité a Barcelona para diseñar un libro muy distinto a los que ha publicado en Lituania. Un libro sobre la vida y las dificultades que tenemos los seres humanos para navegar con felicidad.

Hace una semana llegó con mi amiga Lina, que ha escrito un libro de viajes con él, y nos fuimos todo un día de excursión con mi compañera y Meritxell Naranjo, que además de una cantante extraordinaria es directora de videos. La idea era filmar un pequeño reportaje sobre Algirdas para presentar el libro que el año que viene se lanzará internacionalmente.

Las 14 horas que pasamos juntos fueron una aventura llena de bromas de Algirdas, canciones, charlas, buenos vinos y paseos por lugares tan mágicos como Cadaqués, donde el padre tomó prestado un sombrero de una tienda de souvenirs para hacerse —como un actor de western— la foto que encabeza este artículo.

Más allá de su visión moderna y desenfadada sobre el arte de vivir, es innegable que a este hombre le ama la cámara, y en el Cap de Creus —el punto más al este de la península— Meritxell obtuvo unas imágenes bellísimas. Podréis ver este video en un par de semanas.

La lectura que extraigo de esta visita es que seguimos teniendo un anhelo de espiritualidad, pero lo que más necesitamos es humanidad. Lo que suceda en la próxima vida, si la hay, no es tan importante como el cariño, amistad y comprensión que nos podamos dar en esta. Quedaros con la cara de este hombre, porque el año que viene todo el mundo hablará de él.

¡Feliz semana!

Francesc

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