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MONDAY NEWS

Un trago de negatividad

La La Land

Buenas noches,

Por fin en lunes, esta semana quiero hablar de algo que está a menudo en el ambiente, pero que no le damos la trascendencia que tiene. Me refiero a la negatividad que nos contagiamos unos a otros con más facilidad que la gripe.

Recuerdo que cuando empezamos a hacernos amigos con Héctor García Kirai, en una de nuestras sesiones de Skype yo quería contarle un cúmulo de desgracias que me habían sucedido en aquella época, cuando él me frenó. Me vino a decir que en Japón se pide permiso para transmitir información negativa, sea cual sea. La razón es que la persona no quiere cambiar un tono mental que quizás es de serenidad o incluso alegría por el opuesto.

Imagina que te acaban de dar una  noticia que estabas esperando hace tiempo. Te sientes exultante, agradecido con el Universo. O, mejor aún, imagina que te sientes feliz sin razón alguna. Entonces te llama un amigo o quedas con él y te suelta un volquete de amargura y frustración, acusando al mundo de sus males y señalando a los culpables.

Todos nos hemos encontrado, unos más a menudo que otros, en ambos lados del contagio negativo. Cuando te das cuenta de que eso sucede, como ilustraba en mi último artículo del EPS (http://elpaissemanal.elpais.com/confidencias/la-ensenanza-de-los-tres-monos/), intentas no ser portador de negatividad y, si es posible, también evitas ser el receptor.

Cuando eso sucede de forma puntual, está bien y puede servir incluso para estrechar lazos, pero si el trasvase de energía negativa se va repitiendo, ya pasa a ser un incordio.

Hace unas semanas tuve que pedir a varios amigos escritores que, por favor, no me busquen más para quejarse de sus agentes o editores, porque llevo 20 años en este sector y estoy muy cansado de escuchar a gente enfadada por las mismas razones. Especialmente en mi tiempo libre, es algo que no me relaja ni me produce ningún placer, al contrario.

Según los japoneses, ese veto se podría extender a los problemas personales. Antes de explicar tus dramas y ofensas, deberías preguntarte sinceramente dos cosas:

a) Si vas a ensombrecer el ánimo del otro, si vas a aburrirle o agobiarle. Especialmente agotador resulta (para todo el mundo, diría) tratar con gente que adopta el papel de víctima.

b) Si la otra persona puede ayudarte en tu problema, o eres solo tú quién tiene la solución. En casos graves, quizás corresponde a un profesional escuchar la situación y orientarle en el problema.

Hay que partir de un hecho difícil de asumir: a la inmensa mayoría de personas, incluyendo amigos, les importa un rábano nuestras penurias. A no ser que la historia sea tan rocambolesca que provoque la risa o el asombro, o que quien la cuenta sea muy buen narrador, en el momento en el que empezamos a "rajar" o a lamentarnos, el otro desconecta inmediatamente y empieza a pensar en sus cosas.

Es muy posible, incluso, que al terminar tenga una peor opinión de nosotros que antes de haberle entregado nuestra amargura.

Igual o peor es el efecto que causa en el otro recibir reproches, a no ser que se haya producido un verdadero drama que lo justifique. Muchas parejas mueren por desgaste, claudican para no tener que aguantar los sacos de recriminaciones que al final te hacen decirte: "Joder, para esto, mejor estoy solo/a".

Ayer volví a ver La La Land para acompañar a unos amigos, y me fijé en una escena en la que Seb, después de días de gira sin poder ver a Mia, su novia, le prepara una cena sorpresa con velas, un pavo en el horno, etc. Sin embargo, quizás porque llevan tiempo sin verse, Mia empieza a chincharle nada más empezar la cena romántica, con motivo de la banda en la que trabaja de teclista y que ella opina que es una pérdida de tiempo y de talento.

Tras responder a cuatro o cinco preguntas insidiosas, acaban los dos gritando, el pavo se quema en el horno y la cena se termina de mala manera, yéndose cada uno por su lado.

Es una escena de película pero sucede cada día: en la pareja, entre amigos, con los compañeros del trabajo. Sin darnos cuenta, somos cocineros de unas emociones que van a tragarse los demás. De nosotros depende darles algo agradable o un plato amargo como el demonio. Y en los malos restaurantes, si se puede, mejor no entrar.

Feliz semana,

Francesc

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