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MONDAY NEWS

Ojo con lo que dices...

Budapest by Anna Sólyom

Buenas noches,

La pasada semana falté a mi cita porque estaba ultimando la revisión de mi última obra, que se publicará el 8 de junio. En la próxima noticia os daré más detalles, pero ya puedo avanzar que es la novela cross-over (para lectores jóvenes y adultos) más oscura que Retrum a la que me vengo refiriendo desde hace un par de años. Después de tanto tiempo, ya está entregada y pronto sabréis el título y algo más.

Mientras tanto, aún no puedo decir nada y el post de esta semana va justamente de esto, del arte de callarse. Cuando hablamos de más, especialmente cuando la información es negativa y afecta a terceras personas, ponemos en riesgo nuestra propia reputación e incluso nos podemos meter en un lío de los gordos.

Conocí un ejemplo extremo de esto en mi último viaje a Budapest. En una comida a la que nos invitó Atila, el primo de mi compañera, nos contó una situación rocambolesca que había presenciado en uno de los restaurantes de más postín de la capital húngara. Sucedió en la mesa contigua a la que ocupaba este empresario, que se prometió a sí mismo no volver a poner jamás los pies en aquel lugar.

Al restaurante había llegado un grupo de empresarios chinos, que habían solicitado una degustación de delicias húngaras. Eso implicaba tener al cocinero junto a su mesa, preparando, sirviendo y explicando cada plato. Tiene la obligación de hacerlo aunque los comensales no sean húngaros, porque forma parte de este menú especial, que no es nada barato.

Los hombres de negocios estaban sentados, muy dignos y expectantes, cuando el cocinero acudió con las distintas fuentes y empezó a realizar su servicio con todo lujo de explicaciones en húngaro, tal como tenía mandado. En este punto, Atila se quedó horrorizado al escuchar lo que el chef estaba diciendo a los comensales, que escuchaban sin entender.

"Esta mierda te la corto por aquí, y esta otra mierda te la sirvo por allá, y también hay esta mierda para ti..."

Un espectáculo vergonzoso que duró un par de horas y que tuvo un giro de novela al final. Atila vio como, terminada la comida, uno de los empresarios chinos se levantaba a hablar con el maitre... en un húngaro excelente. Al parecer, había cursado su carrera universitaria en Budapest y dominaba el idioma, en el que le preguntó:

"¿Puedo saber por qué su cocinero dice estas cosas mientras los clientes están comiendo?"

El cocinero fue despedido inmediatamente y el restaurante trató de restablecer su honor invitando a los comensales chinos que, sin lugar a dudas, no regresaron jamás a aquel local.

Se trata de una anécdota extrema, pero el mensaje está claro: intenta no burlarte ni hablar mal de nadie, porque nunca sabes dónde van a hacer eco tus palabras. 

¡Feliz semana!

Francesc

PD. La fotografía de Anna Sólyom es un monumento cerca del Danubio, la Estatua de la Libertad de los húngaros.

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