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MONDAY NEWS

UN ENCUENTRO INESPERADO

Đorđe Balašević

Buenos días,

La historia que voy a contar, y que encontrará su conclusión el próximo fin de semana, empezó hace 25 años en un pueblo de los Alpes eslovenos.

Durante la guerra de Bosnia, en una antigua caserna del ejército yugoslavo se instaló un campo con 600 refugiados donde pasé un invierno como cooperante. Yo venía de trabajar en otro campo de refugiados en Croacia, así que cuando me hice objetor de conciencia para no hacer el servicio militar, fui elegido para ese destino.

Las cosas que allí pasaron y mis muchos regresos posteriores a aquel rincón de mundo los expliqué en Cafè Balcànic, que espero se pueda leer pronto en castellano. Sin embargo, lo que contaré ahora empieza con un detalle menor de nuestra vida allí.

Los pocos jóvenes que se habían librado de ir al frente y estaban en el campo de refugiados tenían un sótano como club social donde pasaban todo el día. Lo habían bautizado como Auschwitz para reflejar lo que sentían allí confinados, lejos de sus hogares.

Aunque la labor de los seis cooperantes era principalmente con los niños y ancianos, nos pasábamos a menudo por allí, y muchas veces los encontrábamos viendo el mismo VHS de un concierto de Đorđe Balašević en el Sava Centar de Belgrado.

Este artista de Voivodina, la región serbia de minoría húngara, es el cantautor más mítico de la Yugoslavia moderna e incluso en los países que han surgido después. De voz cálida y melodías balcánicas llenas de melancolía, sus recitales se alargan horas, en las que además de cantar cuenta historias al público.

Terminado mi servicio en el campo de refugiados, estuve años escuchando las cintas de Balašević que me habían grabado los jóvenes del centro. Cuando viajaba a Eslovenia, a Croacia o a otros países de la zona aprovechaba para comprar algún CD más de quien ya era mi artista favorito.

Una década después, convertido ya en escritor, cuando se publicó en alemán amor en minúscula, otro de los países que compró enseguida los derechos de traducción fue Serbia. Cuando aparecieron en ese país un par de títulos más, la editorial me invitó a hacer promoción.

Hará unos diez años de ese viaje, en el que me acompañaron un par de amigos. De la mano de Tea Jovanovic, coagente de Sandra Bruna, di una charla en el instituto Cervantes de Belgrado, otra en la facultad de Hispánicas, así como una presentación en una gran librería donde me sorprendió la cantidad de gente que había.

Como aún me faltaban un par de días para marcharme, la editorial me propuso que fuera también a Novi Sad, la capital de Voivodina, para firmar mis novelas en una librería local. Todo esto que cuento no tendría ningún interés, si no fuera por lo que ocurrió allí, que a su vez está conectado con lo que sucederá este viernes.

Tras pasear por esta bella ciudad de arquitectura centroeuropea, fui a la librería que me habían asignado. Al ser una localidad más pequeña, allí me esperaba una cola de media docena de personas. Tras dedicar libros a las dos primeras, la tercera, una chica de unos treinta años, me dijo:

—Soy la hija de Đorđe Balašević, y quiero decirte que soy una gran fan de lo que escribes.

Me quedé asombrado. Ni siquiera había caído en que mi artista balcánico favorito era de Novi Sad.

—Pues yo soy muy fan de tu padre —le confesé—, y para mí sería un sueño verlo actuar alguna vez en directo. ¿Me podrías avisar cuando dé algún próximo concierto?

Me dijo que sí y anotó mi e-mail. Unos meses más tarde, me escribió para decirme que su padre presentaba una película en Belgrado con banda sonora suya. Faltaba apenas una semana para el evento y además era un día en el que yo trabajaba, así que no pude acudir. Le di las gracias y no volvimos a tener contacto en los diez años siguientes.

Hace menos de un mes, coincidiendo con un día extraño en el que asistí a dos desmayos que relaté aquí, me llegó un nuevo correo de la hija de Balašević. Además de felicitarme las Navidades, en su mensaje me explicaba algo que me dejó helado. Decía algo así:

Ya te dije hace diez años que soy fan de lo que escribes, pero ahora también lo es mi padre. Ha leído todos tus libros y está muy sorprendido de una coincidencia que ha encontrado con su propia vida. Te la quiere contar en persona. El 19 de enero da un concierto en Novi Sad, así que si nos haces el honor de venir serás nuestro invitado.

Miré mi agenda y milagrosamente el 18 y el 19 no tenía que estar en ningún sitio, así que acepté la invitación. Desde Lisboa, donde tengo una sesión de trabajo con la autora de Money Mindfulness, el viernes volaré a Belgrado vía Varsovia, toda una odisea. Junto con mi compañera, seremos recogidos en el aeropuerto Nikola Tesla para ir a Novi Sad, que se encuentra a unos 100 kilómetros de la capital.

Aquello que suceda en este encuentro inesperado que se ha madurado durante diez años —25 si contamos cuando empecé a escuchar a Balašević—, lo contaré aquí mismo el próximo lunes.

¡Gracias por acompañarme y feliz semana!

Francesc

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