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MONDAY NEWS

Los hechos extra├▒os nunca vienen solos

Warsaw

Buenas noches,

Mientras atravieso el cielo negro rumbo a Varsovia, donde mañana tengo todo un día de promoción, reviso los últimos días y me doy cuenta de que han estado sembrados de hecho extraños. Además, entre ellos parece haber una afinidad temática, como si fueran variaciones de una misma sinfonía de autor desconocido.

Todo empezó el sábado al mediodía, tras ayudar a la psicóloga y amiga Nika Vázquez a cerrar su nuevo libro. El primero había sido el manual Aporta o aparta, que se reeditó y fue traducido en Brasil. El nuevo me parece más útil y completo, pero no podremos hablar de él hasta el próximo año, cuando falte poco tiempo para su publicación.

El caso es que había que celebrar la finalización de un proyecto que empezó hace justo un año, así que a última hora conseguimos reservar en un mítico restaurante de ramen del barrio de Gràcia: el Mutenroshi.

Es un local pequeño, estrecho y oscuro, como muchos establecimientos de este tipo que encuentras en Japón. La barra estaba llena de comensales solitarios y, más al fondo, nos pareció vislumbrar un par de grupos y una abuela con tres niñas de entre nueve y trece años. A nosotros dos nos dieron una mesa en la pared justo en la entrada. 

Nos habíamos terminado los entrantes y estábamos ya atacando el ramen, cuando de repente las tres niñas cruzan el local corriendo, muy asustadas, hasta salir a la calle. Una de ellas parecía sufrir un ataque de pánico.

Nika salió a ayudar y la más mayor le explicó con lágrimas en los ojos que su abuela había perdido el conocimiento y estaba inmóvil en el suelo. Tratamos de saber cómo se encontraba, pero varios clientes ya la estaban atendiendo. Había perdido todo el color de la cara.

En medio de este caos, un hombre joven de aspecto duro con chaqueta de cuero empezó a entrar y salir del local. Supuse que sería uno de los tipos que comían en la barra. Comprobaba cómo estaban las cosas dentro, salía a la calle, llamaba por teléfono —al parecer, él había avisado a la ambulancia—, volvía a entrar, y así durante los quince minutos que estuvimos ahí.

Terminamos de comer sin que la ambulancia hubiera aparecido, pero afortunadamente la anciana recuperó el conocimiento. Suponiendo que había sido una bajada de presión y no un infarto, nos fuimos ya más tranquilos.

Era lógico esperar que el incidente terminaba ahí, pero en este punto empiezan las rarezas. Por la noche, mientras estaba trabajando, me llaman por teléfono desde un número que desconozco. Imaginando que era un comercial para que cambie de compañía, ya estaba a punto de colgar cuando una voz de chica me dice:

—Espera… Sé que es muy inusual esta llamada, pero creo que eres el chico que ayudó a la anciana este mediodía. La familia te está buscando.

—No soy yo —le contesto sorprendido—. Yo estaba comiendo con una amiga, y el hombre de la chaqueta de cuero al que te refieres andaba solo por ahí.

—No estaba solo —me corrige la camarera—, iba también con una chica. Por eso, al ver la reserva para dos he pensado que eras tú. Disculpa que te haya llamado a estas horas.

Tengo comprobado que, cuando empiezan a pasar cosas insólitas, es un no parar. Como si se hubiera abierto una puerta a lo extraordinario, esa misma noche me llega un correo inesperado. Quien me escribe es alguien con quien no tenía contacto desde hace ocho años, y que necesita hablar conmigo por una coincidencia asombrosa que se ha producido. Explicaré este tema en la MN de la semana que viene.

Siguiendo el hilo del restaurante, hoy en el aeropuerto veo como un hombre joven de raza negra y complexión fuerte cae fulminado al suelo y, sin poder moverse, empieza a gemir en voz muy baja, como un niño. Muy impresionado, espero junto a él a que lleguen los servicios médicos, lamentando no tener formación de primeros auxilios.

Cuando acude el personal sanitario, voy al mostrador de facturación y, tras enseñar mi reserva, me dicen que no voy a poder tomar ese avión porque está sobrevendido—hay overbooking— y aunque mi billete esté pagado ya no tengo asiento.

El vuelo a Varsovia sale sin mí y me quedo en tierra. Tras pasar horas deambulando por el aeropuerto, me hacen volver a salir para acabar metiéndome en un avión a Frankfurt y, desde allí, hacer transbordo en el vuelo en el que estoy ahora, en plena noche. ¿Qué más puede suceder?

Decía Carl Gustav Jung que cuando las casualidades y hechos extraños se acumulan en nuestra vida, es una señal de que se avecinan grandes cambios, normalmente positivos.

Yo aún no sé de qué irá todo esto pero, como decían los periodistas de antaño, seguiremos informando.

¡Feliz semana!

Francesc

PD. En la foto de la cabecera, Varsovia de noche desde el hotel donde mando este reportaje vital. El edificio que destaca al fondo es la «Tarta de Bodas» como llaman popularmente al Palacio de la Cultura y la Ciencia construido por los soviéticos al principio de la guerra fría.

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