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Dos historias rumanas

amor en minĂºscula Romania

Buenos días,

Recordando anécdotas del año que ya nos ha dejado, tenía pendiente contar algo de mi viaje a Rumanía, donde el pasado 2017 fui a presentar un libro y a un festival de literatura.

La primera noche fui invitado a cenar por mi editora, una mujer de gran experiencia que me contó las dificultades de publicar a autores extranjeros en los tiempos de Ceaucescu. Cualquier libro foráneo, aunque fuera un clásico, despertaba la sospecha de los censores que ocupaban un edificio entero cercano a la editorial.

Tras serle denegado el permiso para traducir una novela de John Fowles, un autor inglés que entonces estaba de moda en todo el mundo, la editora encargó un prólogo trufado de citas de Marx que nada tenía que ver con el tema de la novela. Sin embargo, sirvió para que, en una nueva presentación a los censores, el mismo libro obtuviera vía libre para ser publicado.

La editora usó el mismo ardid con un libro de Jonathan Swift que el aparato consideró peligroso por defender valores burgueses. El redactor de turno se encargó esta vez de montar un prólogo hilando citas de Lenin, también ajenas al tema del libro pero que le abrieron las puertas a la publicación.

Estas aventuras de la época comunista, sin embargo, no fueron las más llamativas que me contaron. En una cena en la que participaban varios traductores me sentaron junto a un noruego que había sido en único traductor de su idioma al rumano durante varias décadas. La historia que me contó no tiene desperdicio y me recuerda a la excelente película La vida de los otros.

Movido por su curiosidad por la lengua rumana, que tiene influencias muy distintas al resto de lenguas románicas, solicitó en plena época de Ceaucescu ser aceptado en la universidad de Bucarest. Por aquel tiempo muy pocos estudiantes del Oeste solicitaban vivir en la república comunista, así que fue aceptado junto con un estudiante holandés con quien trabaría gran amistad.

Al preguntarle si se sintió vigilado durante sus años de estudiante en Rumanía, el noruego me dijo que sí pero que ello nunca la causó problemas. Había ciertas personas con las que se topaba constantemente cerca de su residencia o de la facultad, gente que leía el periódico distraídamente pero que él sabía que observaban sus movimientos.

Me explicó que su amigo holandés tenía mucha más vigilancia porque de buen principio tuvo contactos con algunos artistas e intelectuales considerados rebeldes. Aun así, por ser de los poquísimos occidentales en el país, jamás fue interrogado directamente por los servicios secretos. Simplemente le vigilaban.

Al caer el régimen, en diciembre de 1989, a diferencia de otros países comunistas, Rumanía abrió los archivos de la Securitate, tras jubilar a todos sus funcionarios, para que cualquier persona pudiera leer lo que habían escrito sobre ella.

Por aquel entonces, los dos estudiantes eran ya hombres maduros que hacía tiempo que habían regresado a sus países. El holandés, sin embargo, no tardó en viajar a Bucarest para satisfacer su curiosidad sobre lo que los agentes secretos habían escrito sobre él.

Para su asombro, le entregaron un volumen de 800 páginas que recogían muchas escenas de su vida en Rumanía, con curiosas interpretaciones de los informantes. Por ejemplo, consideraban sospechoso que se entretuviera más segundos de los necesarios para comprar tabaco, debido a la amistad que había trabado con el estanquero, pero en cambio no habían detectado varios viajes que el holandés había hecho por la Rumanía profunda para contactar con disidentes.

Sobre todo este asunto, el traductor escribiría más adelante una novela que fue un gran éxito tanto en Holanda como en Rumanía.

Al saber por una llamada de su amigo que le habían dado un libro de 800 páginas sobre su vida, el traductor noruego voló rápidamente a Bucarest para pedir su propio libro escrito por los servicios secretos. Al recibir de manos del funcionario 20 tristes páginas, se sintió profundamente decepcionado. Fue como descubrir que su vida de estudiante en uno de los regímenes más cerrados del mundo había sido totalmente irrelevante.

Feliz semana,

Francesc

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