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EL SUEÑO DEL NORTE

Kasper Larsen

Querid@s amig@s,

Tras la feria de Londres, he tenido ocasión de visitar a dos buenos amigos daneses a los que no veía desde hacía una década. Conocí a ambos en sus aventuras por el sur, que es el sueño de toda alma inquieta del norte. Sería largo explicar ahora dónde se cruzaron nuestros caminos y lo que vivimos juntos, pero actualmente vuelven a residir en Dinamarca.

A partir de cierta edad, las ventajas de un estado social, rico y bien organizado, priman sobre la bohemia y el sol del Mediterráneo. No es hasta que se jubilan que, con las espaldas ya cubiertas, algunos nórdicos cumplen su sueño de retirarse a un clima más favorable para un cuerpo fatigado.

Curiosamente, en nuestros cálidos lares también hay personas cuyo sueño juvenil era el norte más gélido y desolado. Yo era una de ellas. Antes de empezar a leer, desde muy pequeño dormía con un atlas bajo la cama. Este regalo de mi padre tuvo más uso que ningún otro, ya que cada noche antes de dormir pasaba horas resiguiendo con la mirada los territorios y poblaciones más aisladas.

Tras un breve romance con Australia, que me fascinaba solo por su lejanía, mis fantasías se centraron ya siempre en el extremo norte. Viajaba por los mapas a Murmansk, a la península de Kola, la isla del Oso… lugares cuyo solo nombre ya me hacía vibrar y soñar.

Mis ojos infantiles buscaban los enclaves humanos más remotos de Groenlandia, por ejemplo, mientras me preguntaba: ¿quién diablos vivirá allí? En la adolescencia, cuando empecé a ganar el primer dinero con empleos de buzoneo, encuestas y otras pesadillas, ya no miraba el atlas sino las agencias que ofertaban vuelos hacia esos lugares a través de líneas aéreas desconocidas.

Pero ya no me conformaba con viajar al extremo Norte. A mis 18 años, estaba convencido de que tenía que vivir allí. Las calles llenas de terrazas de Barcelona se me antojaban una vulgaridad de la que huir. Aquí jamás encontraría la belleza ―ya me había metido en la fría onda afterpunk―, la aventura ni el amor verdadero.

Mi fantasía febril me decía que sería en una aldea del círculo ártico donde me esperaban amistades trascendentes, nuevas revelaciones y tal vez mi princesa de los hielos. Con 19 años, mientras trabajaba en un bar del barrio gótico, estuve a punto de cumplir mi locura, si no fuera porque un capricho del destino lo impidió.

Una organización de campesinos noruegos ofertó una serie de plazas para jóvenes del sur que no se asustaran ante el duro trabajo en una granja a 20 o 30 grados bajo cero. La estancia mínima era un año y podías elegir la zona del país donde residir con la familia de acogida. No tardé ni dos horas en rellenar el formulario en inglés y, por supuesto, pedí que me destinaran a Finnmark, la región más al norte donde ni siquiera los noruegos quieren vivir.

Al saber que había mandado mi solicitud, mi compañero tras la barra me pidió que la rellenara también para él. Lo hice sin entender qué se le había perdido allí, ya que no hablaba idiomas ni había expresado nunca su deseo de emigrar al norte. Yo, en cambio, hablaba inglés y alemán y escribí una apasionada carta en la que suplicaba ser aceptado en una de aquellas granjas azotadas por vientos polares.

Ironías del destino, mi candidatura fue rechazada y en cambio aceptaron la de mi colega camarero, que finalmente no viajó a su destino porque justo antes encontró una novia que hoy es la madre de sus hijos.

Mi sueño del norte quedo allí, congelado en el mapa. Como los libros de «sigue tu propia aventura», nunca sabré qué me habría deparado la vida si la organización noruega hubiera elegido a aquel chico tímido y melancólico que suspiraba por helar sus huesos en medio de la nada. Seguramente habría seguido por otros derroteros y hoy no estaría escribiendo estas líneas.

Ante los caminos no tomados de la existencia, nos queda siempre el consuelo de que las cosas suceden por algo y que, guiado por un misterioso azar, uno vive lo que tiene que vivir.

Años después viajé, eso sí, a países como Islandia y Rusia en invierno y, a día de hoy, puedo jurar que ya no me atrae pasar más de dos semanas bajo un clima siberiano. Puestos a huir, prefiero una isla griega donde el tiempo pasa igual de despacio, pero no hace falta blindarse con cinco capas de ropa para no morir congelado.

La experiencia nos hace sabios, o como mínimo precavidos y cómodos, y aquel chico que se perdía en los mapas blancos está hibernando en un rincón de mi alma. Tal vez lo despierte algún día, cuando vuelva a escribir, para que viva en una de mis novelas la aventura que no pudo ser. También para eso sirve la literatura, para rescatar los sueños y devolverles la vida en la mejor compañía imaginable: la vuestra.

Feliz Semana Santa,

Francesc

PD. En la imagen, mi último retrato de Kasper Larsen, hoy profesor de español y danés en un instituto de Lolland, una isla rural de Dinamarca.

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