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MONDAY NEWS

UN HOMBRE EN EL CAMINO

australia road

Buenas noches,

Ayer por la noche tuve un encuentro con un amigo periodista y escritor que está pasando por un momento de gran transformación. Tras sufrir una pérdida familiar muy importante, se está replanteando la vida y hace planes que, un año antes, le habrían parecido una locura.

Uno de ellos sería dejar todas las obligaciones un par de meses y largarse a Australia —un viejo sueño— mochila al hombro, para ver qué le deparan las carreteras y las gentes que encuentre por ellos. Quiere dejar el pasado a 17.000 kilómetros de distancia, desnudarse del mundo conocido y ser solo un hombre en el camino.

Esta idea le atrae y a la vez le da miedo. Tiene miedo de cambiar tanto, tras regalarse esa libertad, que luego no se reconozca a sí mismo.

A partir de aquí, nos metimos en una conversación sobre la vida que uno desearía llevar y la que en realidad lleva.

—¿Qué porcentaje de tu existencia ideal estás viviendo? —me preguntó él, suponiendo equivocadamente que le diría un 100 por cien o cerca de eso.

—Un 50 por ciento —admití.

—¿Sólo? ¡Pero si haces lo que te gusta!

—Sí, pero pagando muchos peajes, como casi todo el mundo —le contesté—. Hay personas con las que no me reuniría, si no fuera porque lo exige mi trabajo. Cosas que no haría si no necesitara el dinero que me pagan. Lugares a los que no iría si no estuviera obligado a hacerlo. 

Le precisé que hay otro 50 por ciento de personas, tareas y eventos que sí me gustan. Algunos incluso me encantan.

Mi amigo me dijo entonces, muy contento, que él estaba en el 75 por ciento de su vida ideal. Solo un 25 por ciento de las cosas que hace no le gustan.

—¿Lo ves? Estás mejor que yo —le dije.

Acabamos discutiendo qué circunstancias facilitan poder llevar una vida cercana al 100 por cien como te gustaría vivirla. Básicamente, para ser libre de pegarle fuego a tu propia vida se tienen que dar dos factores:

1. No tener hijos pequeños (los de mi amigo están a punto de levantar el vuelo, ya no dependen de él).

2. No tener deudas ni ser esclavo de las facturas cada mes. 

No tener a nadie ni nada que dependa de ti es un pasaporte para hacer de tu vida lo que te dé la gana. Sin embargo, además de eso hay que tener el coraje de saltar el muro del miedo.

Miedo a decepcionar a los otros con nuestro cambio de rumbo. Miedo a equivocarnos y no poder volver atrás. Miedo a perder la posición conquistada hasta ahora. Miedo a sentirnos perdidos. Miedo a ser un hombre/mujer libre en el camino.

Probablemente, el miedo resta mucho más a nuestro porcentaje de vida ideal que los condicionantes que he citado. Los límites de nuestro mundo conocido y razonable los marca el miedo, por lo que una vez los traspasamos, todo cambia. Al otro lado de la frontera podemos ser cualquier cosa y cualquier cosa puede suceder.

Esto lo explicó de manera enigmática el suegro de Héctor García, un hombre de gran ingenio muy conocido en Naha, la capital de Okinawa, por sus negocios y ocurrencias. Antes de viajar hasta la aldea de los centenarios, que se encuentra en el norte selvático de la isla, nos quiso invitar a una sórdida whiskería en el sótano de un bloque de hormigón.

Éramos los únicos clientes aquella tarde, y una camarera muy veterana nos sirvió unas copas de Yamazaki, votado por los catadores escoceses como el mejor whisky del mundo. Con el vaso en la mano, quien nos había llevado hasta allí nos miró a ambos muy seriamente y nos dijo:

—Chicos, en la vida llega un momento en el que debes decidir si quieres vivir como todo el mundo o empiezas a desarrollar tus poderes secretos. 

Dejo la interpretación —y aplicación— de esta frase al criterio de quien me esté leyendo.

¡Feliz semana mientras tanto!

Francesc

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