EN / CAT / CAST

MONDAY NEWS

Cuando la generosidad es adicción

Chalice Well

Buenas noches,

El post de este lunes va a ser muy personal, pero espero que resuene un poco en todos los amigos que tenéis la amabilidad de acercaros aquí cada lunAes.

Esta mañana charlaba por teléfono con Álex Rovira sobre la experiencia que hoy voy a explicar. Hablábamos de por qué las personas generosas acostumbran a sufrir mucho más que el resto y, como siempre, mi buen amigo tenía datos frescos de una lectura reciente.

Al parecer, un investigador norteamericano ha calculado, después de cotejar varios estudios, que solo el 22% de la población es generosa de modo permanente. El 78% restante quieren recibir más de lo que dan. Con esta proporción, es normal que los generosos de corazón acaben acorralados, ya que por cada uno hay cuatro o cinco depredadores al acecho.

Esta proporción, me ha explicado Álex, puede ser mucho mayor en algunos sectores. Así como en el ámbito sanitario, por ejemplo, abundan las personas empáticas y entregadas a los demás, en las profesiones más centradas en el ego, como las artísticas, la proporción de buitres por cada alma generosa es abrumadora. Si te descuidas, te arrancan hasta el último aliento.

El origen de nuestra conversación venía de una consulta que hice hace unos días a un terapeuta y amigo. Acudí a él porque me sentía totalmente vacío, por dentro y por fuera, después de haber recibido un mazazo económico por parte de alguien que había sido en otra época una amistad muy cercana.

Tras analizar mi historial, el terapeuta realizó su diagnóstico. Así como hay adictos al alcohol, al sexo o al juego, hay adicciones que no están tipificadas como tales, pero que pueden destruir a la persona tanto o más que las otras. Y una de ellas es la generosidad cuando está fuera de toda medida.

El doctor Antoni Bolinches dice que las personas enfermizamente generosas han padecido un déficit de amor en su infancia, lo que hace que traten de "comprar" amor durante su vida adulta, ayudando a todo el mundo, haciéndose imprescindibles, entregando todo lo que tienen. Con ello generan en los demás una deuda tan grande que no pueden ser correspondidos, con el consiguiente sentimiento de injusticia y traición.

En un artículo muy lúcido publicado en El País, Javier Marías comentaba que muchas personas a las que haces grandes favores te acabarán evitando o incluso se convertirán en tus enemigos. La razón, según Marías, es que todo gran acto de generosidad (en forma de dinero, de tiempo, de atenciones, cualquiera que sea la dádiva) conlleva un desequilibro entre ambas partes, y un sentimiento de humillación en quien recibe.

A consecuencia de esto, cuando la persona ayudada eleva su estatus, muchas veces odia encontrarse con quien fue su salvador, ya que le recuerda el ser débil y vulnerable que fue. Por eso evitamos a personas a quienes deberíamos estar agradecidas, o incluso nos acabamos peleando con ellas para no tener más contacto.

Todo esto me parecería la ficción de un novelista si yo no lo hubiera vivido en carne propia. Las personas que a día de hoy me tratan con más indiferencia o desprecio son las mismas a las que, en el pasado, ayudé de forma más entregada.

Por supuesto, el error es mío, y está en una desmesura que estoy intentando paliar con ayuda de este buen amigo y terapeuta. Ya me ha advertido que superar mi adicción no me resultará nada fácil al principio. Allí donde vaya me saldrá el impulso de salvar, de asistir, de dar lo que tengo y lo que no tengo, al igual que el alcohólico quiere echar mano de las botellas cuando entra en un bar. Sin embargo, la toma de conciencia es el primer paso para salir del hoyo.

Me estoy rehabilitando de mi adicción, y mi cometido a partir de ahora es comportarme, en esa clase de situaciones, como alguien cabal. "Cuando sientas el impulso de dar o regalar, haz lo que haría cualquier persona normal", me recomienda este sabio amigo, "ni más ni menos". 

Gracias por leerme y ¡feliz semana!

Francesc

>> Comments (12)

MONDAY NEWS  /  BIO  /  FEEDBACK  /  NEWS  /  MUSIC  /  BOOKS  /  MAIL  /  © Francesc Miralles