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Espai de Gats

Espai de Gats

Buenos días,

Esta mañana, Emma Infante me ha invitado a una amable pre-inauguración de ESPAI DE GATS, que a partir de este viernes 22 abrirá como el primer café de gatos de Barcelona. Al parecer, en Madrid existe la GATOTECA desde hace un tiempo con una filosofía parecida.

La intención de este establecimiento del Carrer Terol 29, en el barrio de Gràcia, no es solo que los gatófilos puedan tomar un café y un pastel en compañía de los 8 gatos que actualmente viven aquí. El objetivo final es que cada uno de estos gatos sea adoptado por algún cliente que se enamore de ellos.

Mientras humanos y felinos hacen migas, Tereza, una de las fundadoras del proyecto, te sirvé un café con leche tan gatuno como el que ilustra esta foto tomada esta mañana.

Para celebrar esta feliz apertura, justamente en el barrio donde tiene lugar mi novela amor en minúscula, voy a recordar el capítulo en el que Samuel, el solitario profesor de alemán, es alertado por algo que sucede al otro lado de su puerta...

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(...) me di cuenta que un ruido constante me estorbaba la lectura desde hacía unos minutos. Era un crujido lento y continuado, como de insecto que estuviese abriéndose paso a través de la madera.

Apagué la música para escuchar de dónde venía aquel molesto sonido. Justo entonces se detuvo, como si su agente se hubiera sentido súbitamente detectado.

Sin dar más importancia a aquello, volví al sillón y a la lectura. Pero antes de que pudiera fijar la vista en la página, el ruido volvió con fuerzas redobladas.

«No puede ser un insecto», pensé, «o, al menos, no uno de tamaño normal».

Agucé el oído y entendí que el crujido venía de la puerta. Me encaminé hacia allí con cierta inquietud. ¿Qué clase de loco se dedica a rascar detrás de una puerta? Recordé que en idioma bantu existe el palatyi, «un monstruo mítico que araña la puerta».

Hombre o monstruo, si intentaba asustarme, la verdad es que lo estaba consiguiendo. En todo caso había oído mis pasos, pues al plantarme delante de la puerta se puso a rascar la madera con más ferocidad si cabe.

Espoleado por el miedo, abrí la puerta de golpe para asustar a mi oponente.

Pero no había nadie.

Mejor dicho, no había nadie humano a la altura de mis ojos. Porque, mientras miraba atónito el rellano desierto, noté que algo cálido y mullido se enroscaba entre mis piernas.

Di un salto instintivo hacia atrás y bajé la mirada para ver la criatura que había arañado mi puerta. Era un gato, que ahora me saludaba con un musical maullido. Se trataba de un ejemplar joven ―pero más crecido que un cachorro― de pelo atigrado, como millones de gatos que corren y trepan por el mundo.

Supongo que esperaba una actitud más beligerante por mi parte, ya que se frotó aún más fuerte, describiendo entre mis piernas un ocho horizontal. La denominada «cinta de Moebius» que representa el infinito.

―Ya está bien ―le dije.

Y lo empujé suavemente con la pierna hasta devolverlo al rellano. Pero el gato volvió a entrar, y me miró interrogativo desde el centro del recibidor.

Venciendo el repelús que siempre me habían producido los gatos, lo agarré por el pellejo y lo levanté. Pensaba que me atacaría o sacaría las uñas, pero se limitó a proferir un agudo maullido.

―Y ahora lárgate ya ―le ordené mientras lo lanzaba con cierto impulso hacia el rellano.

Sólo tocar suelo, el gato inició una ágil carrera que le llevó de nuevo al recibidor antes de que cerrara la puerta.

Estaba a punto de perder los nervios.

Por un momento pensé en espantarlo a escobazos, como habría hecho mi padre en estos casos. Sería por llevarle la contraria ―desde el otro lado de la tumba― o por algún sedimento de espíritu navideño, pero el caso es que fui a buscar un platito de leche para que el animal se alimentara y me dejara en paz.

Pensaba que el gato me seguiría hasta la cocina, pero prefirió quedarse en el recibidor, desde donde me miraba expectante.

Vertí un dedo de leche en un platito y volví por el pasillo, caminando lentamente para no salpicar el suelo. Pero cuando llegué al recibidor el gato ya no estaba.

Se había ido.

Como había dejado la puerta entreabierta, supuse que se había largado al pensar que no le hacía caso. Maldije al gato por haberme hecho traer la leche en balde. Dejé el platito en el suelo y saqué la cabeza al rellano por si lo veía.

Ni rastro.

«Seguramente ha seguido su excursión por otros pisos», me dije.

Soy un hombre racional y pragmático, y me disgustan los actos gratuitos. Yo había traído la leche y, por lo tanto, el gato debía tomarla. Vaya que sí. Empecé a llamarlo con este sonido sibilante que se emplea para atraer a los felinos. Pero no vino.

Cansado de representar un papel que no era el mío, dejé el platito fuera y cerré la puerta.

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Desde luego que la historia entre Samuel y el gato callejero no termina aquí, pero dejo la continuación a los lectores que se hagan con la nueva edición de la novela, que replica la portada norteamericana.

¡Feliz semana!

Francesc

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