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La locura lo cura

Guillermo Borja y Claudio Naranjo

¡Buenas noches!

Hace un rato, mientras hablaba sobre nuevas terapias con un amigo del alma, he recordado la figura de Guillermo Borja. Supe de él por primera vez a través de mi querido David Barba, que me contó la curiosa historia de este hombre cercano a Claudio Naranjo (a su derecha en la foto).

Este chamán urbano, que utilizaba cualquier medio a su alcance para lograr la curación del paciente, tenía como lema: la locura lo cura (ese es el título de su libro publicado en La Llave). Guillermo Borja declaraba que sólo podemos sanarnos y sanar a otros si nos atrevemos a mirar nuestra propia locura y aceptamos la del prójimo. Al admitir la locura y el arte que hay en ella quedamos liberados de la enfermedad.

Sus particulares métodos y su modo de vida, ajeno a cualquier norma, le llevaron de la calle al desierto hasta que fue encerrado en en el terrible penal de Almoloya, en México. En esta cárcel de alta seguridad había un pabellón de psicóticos peligrosos donde nadie se atrevía a entrar. Guillermo Borja pidió que le dejaran allí dentro, en el peor infierno imaginable. En palabras del propio terapeuta:

"Era un edificio abandonado con 72 psicóticos, desnudos, con infecciones en el cuerpo, no tenían tratamiento psiquiátrico, y los pocos medicamentos que tenían los vendían a los otros presos (lo que me parecía muy sano, que no se tomaran esas porquerías). Y andaban perambulando por todo el penal desnudos, la población los violaba, los usaba, los ponía a lavar la ropa, no tenían protección de los custodios; los médicos no iban, el área de psicología tenía miedo, y ese edificio era el que tenía más alto índice de violencia, de suicidios y muertes. En cada celda, que es para una persona, vivían cuatro. No había agua. Todo el edificio estaba pintado con excremento."

La terapia colectiva de Guillermo Borja empezó por atender sus necesidades más básicas. Con una navaja para perros les fue cortando el pelo a todos para liberarlos de los piojos. Luego les enseñó a lavarse los unos a los otros. Después de cortarles las uñas de los pies y manos, de vestirlos y calzarlos, repartió responsabilidades entre los presos según sus capacidades. Algunos se entregaron al arte, a bailar y recitar poesía de forma compulsiva. Los más intelectuales enseñaban a sus compañeros y fueron llamados "los maestros", y se mantenían en activo 14 horas al día.

Media docena de gatos y unos cuantos perros ejercían de co-terapeutas, y lograron despertar amor y ternura en los caracteres más violentos. El siguiente paso fue sembrar y cosechar hortalizas para ellos mismos, tras lo cual empezaron a cuidar también de una pequeña granja de gallinas y patos. Según explica Guillermo Borja: "Teníamos taller de reparación de ropa, algunos cosían, otros ayudaban. Teníamos el departamento de secretarios que escribían a máquina. Era muy bonito."

Meses después, los carceleros asistieron asombrados a la milagrosa transformación de aquel pabellón infame, ahora convertido en una pacífica comunidad donde cada loco era respetado y hallaba una utilidad a su locura. Una lección inolvidable de solidaridad y humanidad. 

Tras un encarcelamiento de tres años, Guillermo Borja murió a los seis meses de salir del penal. El relato que acabo de contar forma parte de su legado, que demuestra que nada esta perdido cuando se devuelve al ser humano la dignidad y genialidad que le corresponde.

¡Feliz semana!

Francesc

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