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MONDAY NEWS

El hombre que perdió la alegría

Caspar David Friedrich

Buenos días,

Tras dos semanas hablando de la actualidad, que no es mi misión de la vida, aquí está el post prometido sobre Alegría, el primer libro que hacemos con mi amigo Álex Rovira después de cinco años.

Tal como afirmaba Salvador Pániker, lo que un autor -en este caso, dos autores- tiene que decir de su libro es el libro mismo, así que en lugar de largas explicaciones, prefiero daros un regalo: el primer capítulo de la fábula que ocupa la segunda parte de nuestro libro. 

La primera se compone de 30 cartas inspiradoras que un misterioso remitente, que conoceremos al final, envía a un amigo que no pasa por su mejor momento. 

Y así empieza El hombre que perdió la alegría, una fábula para buscadores:

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1. Objetos perdidos

Tristán era de talante despistado y había perdido muchas cosas a lo largo de su vida. De pequeño se olvidaba la cartera en clase y cuando se disponía a hacer los deberes por la tarde, descubría con amargura que no sabía por dónde empezar. Ya en la adolescencia, siempre se le escapaba el último autobús para llegar a tiempo al instituto y, más adelante, a la universidad. Por su costumbre de correr siempre a última hora, había perdido varios amigos y una novia.

Este defecto no le había impedido, sin embargo, llegar a ser un cotizado consultor de empresas. Llegaba justo a las reuniones, con el corazón acelerado y las notas acabadas de tomar en la mano, pero luego era capaz de sentarse y comprender los problemas de la organización para proponerles soluciones prácticas que solían dar resultado.

Algo que era incapaz de hacer consigo mismo.

Todavía soltero a sus cincuenta años, al morir su madre, acabó de tomar conciencia de que la vida tiene un fin y que la suya jamás merecería una película ni una biografía. Como mucho, un cuento triste para explicar cómo se puede vivir una existencia sin dejar huella alguna en el mundo.

Con todo, hasta aquel sábado por la mañana, Tristán había vivido con una cómoda resignación. Era hombre de pocos gastos, así que sus cuentas corrientes estaban bien provistas. Podía permitirse almorzar en restaurantes de primera y vestirse en la mejor sastrería de la ciudad. Si no lo hacía era porque no le gustaba comer solo, y tampoco le parecía conveniente presentarse a las reuniones con un traje más caro que el de su cliente.

Su vida tenía un argumento prefijado: de lunes a viernes trabajaba de sol a sol, y empezaba el fin de semana yendo al supermercado para llenar la nevera y alimentar su existencia rutinaria.

Acostumbrado a perderlo todo, antes de salir de casa se preguntaba si llevaba «la Santísima Trinidad» con él, a saber: cartera, llaves y teléfono móvil. Una vez hecha la comprobación, salía a la calle a cumplir con lo que tuviera que hacer.

Caminaba con paso ligero, incluso juvenil para su edad, quizá por su costumbre de tener que apresurarse todo el tiempo. Tristán iba y venía con la máxima celeridad, sin gastar tiempo en cosas superfluas.

Por esta razón, aquella mañana se sorprendió a sí mismo al detenerse junto a un parque donde un niño levantaba un castillo de arena. Al ver la placidez con la que el pequeño llenaba el cubo para luego darle la vuelta y soltar aquel gran flan de tierra con un grito de entusiasmo, algo se quebró dentro de Tristán.

Sin entender aún lo que le estaba pasando, se apresuró a poner en el carrito del supermercado los mismos productos que la semana anterior. Luego dio el encargo de que le llevaran la compra a casa.

Mientras regresaba a casa, le asoló una nueva y preocupante fatiga que no tenía justificación. La noche anterior había dormido suficientes horas, pero un cansancio infinito se había apoderado de él.

Ya que pagaba religiosamente una mutua cada mes, solicitó de inmediato que viniera un médico a visitarle a domicilio.

Veinte minutos después acudía una doctora joven y enérgica a la que le bastó un cuarto de hora para asegurar a su paciente que no tenía nada, aunque por seguridad le mandaría hacer un análisis de sangre al lunes siguiente.

Más tranquilo, Tristán se sentó frente al televisor, pero el malestar que le embargaba no desaparecía. Al contrario, no hacía más que crecer.

Incapaz de concentrarse, lo apagó y salió al balcón para respirar aire fresco. Desde el tercer piso de su bloque, al contemplar las familias que paseaban, los niños corriendo y los ancianos con el periódico bajo el brazo, le asaltó una desazón indescriptible.

Tristán había perdido muchas cosas a lo largo de su vida, sí, pero nunca hubiera imaginado que aquel sábado por la mañana, sin razón especial para ello, llegaría a perder la alegría.

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¡Feliz semana!

Francesc

PD1. Para los que viváis cerca de Barcelona, la presentación junto a Álex Rovira, que contará con algunas sorpresas, será este martes 17 de octubre a las 19:00 en la Casa del Llibre de Rbla Catalunya 37. 

PD2. Podéis seguir nuestro desafío "100 días para la alegría" en mi FB oficial: https://www.facebook.com/FrancescMirallesOficial/ o en el de Álex.

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