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OS QUIERO

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Buenos días,

Esta semana en la FIL, la feria del libro de Guadalajara, he pensado en una de las muchas aportaciones de C.G. Jung a la psicología. Él fue quien acuñó las etiquetas introvertido y extrovertido para definir un rasgo innato y esencial de la personalidad humana.

Yo recuerdo ser tímido y reservado a partir de los seis años. Antes, al parecer (por mis propios recuerdos y lo que me contaba mi madre), había sido un niño de carácter más bien salvaje que se peleaba por cualquier cosa. Al acceder a la primaria (entonces EGB) en una nueva escuela llena de niños pendencieros, me encerré dentro de mí mismo.

A partir de aquí recuerdo estar siempre en segundo plano. En un grupo en el que los fuertes golpeaban y humillaban a los débiles cada día en el patio, yo me encontraba en un extraño limbo. Vivía tranquilo gracias a tener siempre la protección de alguno de los líderes, que alejaba a los otros con la advertencia: «A este chaval no me lo toques».

Mi adolescencia fue solitaria y melancólica, como la de Christian en Retrum, hasta que fui «adoptado» por Edu, el afterpunk de la clase, que me llevó a conocer la escena underground. Pero incluso en esos ambientes de drogas y sexo fácil, yo me mantenía en una empecinada discreción. Observaba y poco más.

A veces los colegas de mi nuevo protector se quejaban de que me llevara a sus templos nocturnos. Uno de ellos dijo una vez delante de mí: «Pero ¿no ves que es un pringado?», a lo que Edu contestó: «Todo el mundo tiene derecho a aprender».

En la universidad todo se volvió más fácil para mí, porque las carreras de letras están llenas de tímidos. Gente que había visto cómo sus compañeros se emborrachaban con los placeres del mundo, mientras ellos vivían en los oasis de los libros o la música escuchada en la soledad de tu habitación. Especialmente al llegar a Filología Alemana tras varios cambios, allí me sentí por fin uno más.

La carrera me llevó a ser traductor, corrector, lector editorial, editor de un sello y finalmente escritor. Y empecé a tener éxito con algunos títulos. Se supone que esa clase de autor debería tener un ego fuerte y reclamar protagonismo, pero yo siento que soy el mismo que en la infancia y adolescencia se miraba el mundo a cierta distancia, tratando de pasar desapercibido.

De hecho, me siento incómodo al recibir elogios, especialmente en público.

Esta manera de ser se hace evidente en algunas coautorías que he hecho. Un día dedicaré un artículo a esto, ya que creo que soy el autor más promiscuo del mundo editorial, es decir, el que más parejas literarias ha tenido.

Cuando mi compañero de letras tiene un perfil introspectivo como yo, como es el caso de mi hermano Héctor Kirai, esto no resulta obvio, más allá de mi deseo de que su nombre aparezca siempre antes que el mío. Pero si el coautor tiene un perfil mediático (lo cual no significa necesariamente ser extrovertido), se hace evidente el rol de escudero que ha marcado mi vida. Y con el que me siento muy cómodo.

Si me moviera en la alta política, mi papel sería el de vicepresidente, ya que me gusta hacer brillar al otro, proponer estrategias de éxito, pero que no sea yo quien tenga que aparecer bajo los focos. No me avergüenza reconocer que soy el perfecto segundo de a bordo.

Esta misma vocación me permite empoderar a otros, sea como sherpa literario, en los talleres de ikigai o en las sesiones individuales que doy para ayudar a quien necesita encontrar un nuevo rumbo vital.

Pero volvamos a los libros y a la reciente Feria Internacional del Libro de Guadalajara, a la que fui invitado gracias a la insistencia de mi justiciero compi Javier Ruescas.  Aquí los roles de cada uno se pusieron de manifiesto al dedicar Pulsaciones y Latidos a unos 500 lectores, lo cual supuso en total unas seis horas de firmas.

Muchas chicas traían regalos para Javier, a quien además de los libros conocen por su canal de Youtube, con unos 170.000 subscriptores y subiendo. Además de firmar, yo iba recogiendo esos obsequios y los ordenaba en un estante a mi derecha. Luego los colocaba con cuidado en una gran bolsa.

Los tres regalos que trajeron para mí me los llevé con mucho cariño en el bolsillo: una galleta, una piruleta de sandía y un minibotellín de tequila. El kit perfecto para celebrar el fin de la fiesta bajo el sol de Jalisco J

Un mes antes, esta dinámica de nuestro tándem dio lugar a una anécdota entrañable durante la presentación de Valencia. Una adolescente que había estado haciendo cola para obtener sus firmas, al llegar su turno se quedó parada con los mofletes encendidos, como si acabara de darse cuenta de un detalle con el que no contaba.

Tenía en las manos una manualidad para entregar junto con una carta. Antes de acercarse a la mesa, vi que abría el sobre y escribía algo dentro. Hecho esto, dejó el regalo y el sobre entre los dos. Luego se marchó discretamente.

Una vez terminadas las firmas, al abrir el sobre me encontré con una declaración que muy pocas veces debe haberse formulado así: «OS QUIERO».

Feliz fin de semana y ¡gracias por leer un post tan largo esta vez!

Francesc

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